Los papeles del desván
Índice:
1. PRÓLOGO
2. CAPÍTULO
I — El pliego de la Discordia. La
cuenta de los sesenta y dos caballos
3. CAPÍTULO
II — El
hostigamiento de las partidas en los caminos entre Cabra, Lucena y Montilla. El fuego en el olivar
4.
CAPÍTULO III — La atmósfera de descontento popular y complot
en la Taberna de San Juan. El Eco de la Taberna
5.
CAPÍTULO IV — La
angustia de Belmonte y Casamayor ante las listas de quintos y el enmudecimiento
repentino de la campana. El peso del sello constitucional
6.
CAPÍTULO
V — El rescate urgente de los documentos de la bargueña de nogal. Los recibos sobre la mesa de pino
7. CAPÍTULO VI — Las
requisas de harina y mulas en el arroyo del Pedroso. El rastro de la harina embargada
8.
CAPÍTULO VII
— El asalto a las murallas por el Arco de la Villa y la bajada por el camino de
Lucena. La noche de la escuadra y el cartucho
9. CAPÍTULO VIII — El hallazgo del pan de cañada y la evidencia del apoyo
a la guerrilla. El
pan de la discordia
10. CAPÍTULO IX — La emboscada a la caballería liberal en el barranco del
Pedroso. Los trabucos del barranco
11.
CAPÍTULO X — La detención
del tabernero Lorenzo con el badajo robado y la promesa de la reparación
histórica (los 8 reales de 1823). La factura
del silencio
12. CAPÍTULO XI — La
subida al desván y la ocultación de los legajos junto a la viga maestra. El paño de lino
13. CAPÍTULO XII — Los papeles que nadie encontró. El silencio del papel
14. EPÍLOGO — La paz del bronce y el polvo
PRÓLOGO
Durante
muchos años permanecieron olvidados, en un rincón del desván de una casa, unos
papeles que nadie parecía tener demasiado interés en conservar. Estaban allí,
mezclados con otros documentos viejos, entre el polvo y el silencio de aquello
que el tiempo termina por dejar atrás.
Un día
llegaron a mí esos legajos.
No encontré
en ellos una historia escrita. Encontré algo mucho más extraño: nombres,
fechas, cuentas, recibos, órdenes, cantidades de dinero y anotaciones hechas
por hombres que vivieron en una España convulsa, entre los años 1822 y 1823.
Allí estaban
Cabra, Lucena, Montilla y Monturque. Allí aparecían hombres que, de una manera
u otra, habían quedado atrapados en los acontecimientos de aquellos años. Y
junto a sus nombres, los reales y los maravedís; los caballos, las armas, las
requisiciones, los pagos y las deudas.
Aquellos
papeles no pretendían contar una historia. Simplemente habían sobrevivido a
ella.
Pero al
leerlos comprendí que detrás de cada cifra había un hombre, detrás de cada
recibo una decisión y detrás de cada firma, una parte de aquel tiempo que se
había resistido a desaparecer.
Lo que sigue
nace de esos papeles.
Los nombres,
las fechas, las cantidades y los hechos que aparecen en ellos pertenecen a
aquella documentación. La historia que los une es mi manera de devolverles la
voz que el tiempo les quitó.
Y quizá por eso, cuando terminé
de leer aquellos legajos, tuve la sensación de que, después de casi dos siglos,
habían encontrado por fin a alguien dispuesto a escucharlos.
CAPÍTULO
I
El pliego de la Discordia
La
cuenta de los sesenta y dos caballos
El aceite de la lámpara de la Audiencia olía a rancio.
Era la sexta arroba consumida en lo que iba de mes, pero Manuel Belmonte no
podía permitirse trabajar a oscuras. Sobre la mesa de pino, la rasposa hoja de
papel timbrado de cuarenta maravedís acumulaba sumas en la columna de la
derecha: reales y maravedís, reales y maravedís.
A lo lejos, por el camino que venía de la sierra de
Cabra, se escuchaba el galope sordo de la caballería.
Belmonte mojó la pluma en la tinta de hiel de agalla y
contuvo el aliento hasta que los cascos de las monturas pasaron de largo rumbo
a la plaza de las Carnicerías. Sabía de quiénes se trataba. Eran los hombres
del retén, exhaustos, sudados y con el polvo del camino pegado a las guerreras
de la Milicia Nacional. Volvían de balde. Otra vez.
Entró en el despacho Francisco Gaspar, el propio del
Ayuntamiento, encargado de llevar los avisos y documentos entre las villas, quitándose
el sombrero de ala ancha cargado de barro seco.
—¿Nada, Francisco? —preguntó Belmonte sin levantar la
vista del pliego.
—Nada, don Manuel —resopló el muchacho, dejándose caer
sobre un banco de madera—. El Saldituer ha vuelto a cruzar el río por la
noche. Dicen en Monturque que durmió a resguardo en una casilla de olivar y que
la gente del pueblo le dio pan y queso. La milicia llegó dos horas tarde.
Belmonte dejó la pluma sobre el secante y miró la
cifra recién escrita: dos mil cuatrocientos noventa y tres reales con quince
maravedís gastados en la persecución. Sesenta y dos caballos destrozados en
los pedregales para nada.
—Si el Jefe Político no nos manda refuerzos desde
Córdoba o Rute, esta libreta nos va a costar la cabeza a todos —murmuró
Belmonte tocándose el cuello del chaleco. Si los realistas entran en la comarca
antes de que acabe el mes, a mí no me van a preguntar por las partidas del Saldituer;
me van a pedir cuentas de cada moneda invertida en mantener viva la
Constitución.
—Pues vaya preparando la tinta, don Manuel —dijo Francisco bajando la voz y mirando hacia la puerta atrancada—. Porque abajo, en el calabozo, el cabo Rueda acaba de meter a dos de los prófugos que le sirvieron de espías en la sierra. Y piden de comer.
CAPÍTULO II
El hostigamiento de las partidas en los caminos entre
Cabra, Lucena y Montilla
El fuego en el olivar
El humo de la pipa de Saldituer olía a picadura barata
y tomillo seco. Estaba agazapado tras los muros derruidos de una casilla de
aperos entre Cabra y Monturque, observando a lo lejos el polvo que levantaban
las patrullas de la Milicia Nacional. A sus espaldas, tres hombres ajustaban
las cinchas de los caballos.
—Nos buscan con ganas, patrón —masculló el vizco
Rivas, pasándole una cantimplora de aguardiente—. Se oye en el pueblo que el
Jefe Político ha puesto a sesenta y dos jinetes tras nuestros pasos y que no
escatiman en reales para traerte la cabeza.
Saldituer escupió al suelo y sonrió con amargura.
Sabía perfectamente por qué le buscaban.
No era por un par de reses robadas en el mercado ni
por un asalto común en el camino real. Semanas atrás había asaltado la
diligencia con la contribución extraordinaria entre Montilla y Lucena,
ajusticiado al comisionado del Gobierno en Monturque y levantado en armas a los
mozos prófugos de la comarca, bajo la bandera del Rey Absoluto.
—Que gasten lo que no tienen —dijo Saldituer,
acariciando la culata de su trabuco—. Que el escribano Belmonte siga sumando
reales en su pliego, que el papel lo aguanta todo. Pero en el monte manda el
que conoce los arroyos, no el que firma las libranzas.
Rivas se asomó apenas por encima del muro.
A lo lejos, la polvareda comenzaba a crecer.
La caballería liberal avanzaba por el camino, confiada
en que aquella vez no perdería el rastro.
Saldituer apagó la pipa entre los dedos y levantó
lentamente la mirada hacia el barranco.
A escasa media legua de allí, la patrulla comenzaba a
adentrarse en él, sin saber que se metía directamente en la trampa.
CAPÍTULO III
|
La atmósfera de descontento popular y complot en la
Taberna de San Juan |
El eco de la Taberna
El viento frío de la sierra bajaba encajonado por las
callejuelas de Cabra, haciendo crujir el letrero de madera de la Taberna de San
Juan Bautista.
Dentro, el aire era espeso, impregnado del tufo a vino
peleón, fritura y sudor de caballería.
En el zaguán se concentraban los murmullos de los
arrieros y molineros que bajaban de la sierra. El tabernero Lorenzo servía las
azumbres de vino con la mirada puesta en la plaza. Sabía que cada movimiento de
la guardia local era observado y reportado a la sierra.
Entre el choque de los jarros y el
aroma a mosto frito, el malestar provocado por las cargas fiscales y los
impagos que ahogaban al comercio comarcal alimentaba el descontento entre
algunos vecinos. En aquel ambiente, la partida de Saldituer encontraba
apoyos y complicidades, aunque no todos quienes la ayudaban tuvieran que
compartir necesariamente sus ideas absolutistas.
En la mesa del rincón, el alguacil Carreras mantenía
la vista fija en la puerta. Sobre el mantel de hule torcido descansaban un par
de monedas de real y una lista manuscrita con los nombres de los mozos que no
habían acudido al llamamiento de la Milicia.
—Si no arreglan la campana de la ermita, nos van a
degollar a todos dormidos —rezongó Carreras, dando un golpe con el nudillo en
la madera seca—. Ayer le quitaron el badajo para que no suene a rebato cuando
asome la partida del Saldituer. Ese bellaco tiene más oídos en Cabra que el
propio cura párroco.
Frente a él, el joven enviado de Manuel Belmonte apuró
el vaso de un trago, sintiendo cómo el peleón le abrasaba la garganta.
—El escribano necesita que firmes la libranza de las
seis arrobas de aceite, Carreras —le dijo en un susurro, acercándose a su
rostro—. En la Audiencia están a oscuras y los presos del calabozo se están
amotinando. Dice Belmonte que, si los realistas bajan esta noche desde
Monturque, prefiere que las cuentas estén saldadas antes de que la plaza se
llene de trabucos.
Carreras soltó una carcajada amarga.
—Dile a Belmonte que se guarde la tinta para su propio
testamento. El Saldituer ya ha cruzado el arroyo.
Miró hacia la puerta.
—Y el badajo no lo han robado los bandidos...
Carreras hizo una pausa.
—Alguien lo hizo desaparecer.
CAPÍTULO IV
|
La angustia de Belmonte y Casamayor ante las listas
de quintos y el enmudecimiento repentino de la campana |
El peso del sello constitucional
Manuel Belmonte abrió el cajón secreto de la bargueña
de nogal.
Allí descansaban los pliegos timbrados con el sello de
Fernando VII y la leyenda Constitucional. No eran monedas ni objetos de valor,
pero para Belmonte podían resultar mucho más peligrosos que el dinero.
Rozó con la yema de los dedos la firma de uno de los
recibos. Correspondía a los cuarenta reales que había entregado a Ramón Casamayor
para gratificar a los oficiales de la mesa electoral.
—Si la partida entra en la villa y encuentra estos
papeles, no van a necesitar ni juicio ni jurado —murmuró Belmonte, sintiendo un
escalofrío al pensar en la represión que se avecinaba.
Su mirada recorrió las libranzas que había sobre la
mesa.
Trescientos reales para el sorteo de quintas. Cuarenta
reales para las elecciones. Seis arrobas de aceite para la cárcel.
La historia entera de un régimen que se desmoronaba
estaba escrita con su propia caligrafía.
Belmonte comenzó a rescatar de los cajoncillos los
documentos más comprometidos: las libranzas de la caballería de Portocarrero,
la cuenta del carpintero Salmones y las listas de los mozos destinados a
quintas.
No podía destruirlos en el brasero del patio. Una
humareda habría delatado inmediatamente lo que estaba haciendo.
Había que ponerlos a salvo.
Los reunió a toda prisa y los envolvió en un lienzo de
lino basto.
En ese momento, la puerta de la secretaría se abrió de
golpe.
Entró Ramón Casamayor, despeinado, con el chaleco
desabrochado y trayendo consigo el olor a pólvora y a lluvia reciente de la
sierra.
—Don Manuel, cierre ese cajón —dijo Casamayor,
sofocado, mientras atrancaba la puerta con el cerrojo de hierro—. Los hombres
de José Carmona acaban de llegar de la posición de Monturque. Dice la Milicia
que la partida realista ha interceptado el correo de la villa. El Saldituer ya
sabe que estamos reuniendo el dinero para el sorteo de quintas y la tropa
transeúnte.
Belmonte levantó la vista.
—¿Y la campana de la ermita?
Casamayor bajó la mirada.
—Alguien le ha arrancado el badajo esta tarde, don
Manuel. La torre está muda.
Hubo un silencio breve.
—¿Y la Taberna de San Juan?
—Las luces están apagadas, pero la puerta sigue
abierta de par en par.
Belmonte guardó las libranzas bajo su casaca.
Comprendió entonces que el enemigo no estaba solamente
en la sierra.
También podía estar al otro lado de la plaza.
—Llama al alguacil Carreras, Ramón —ordenó—. Que
traiga al tabernero de San Juan Bautista y que busque el badajo de la campana.
Casamayor asintió.
Belmonte volvió a mirar los papeles que había
conseguido salvar.
—Si esta noche bajan los hombres del monte —dijo—,
quiero que todo el pueblo sepa quién viene a pedir cuentas.
CAPÍTULO
V
El
rescate urgente de los documentos de la bargueña de nogal
Los recibos sobre la mesa de pino
Sobre la mesa recién reparada por el carpintero
Salmones —un trabajo de treinta y dos reales por el que aún conservaba el
justificante arrugado—, el regidor don Manuel Belmonte alineó los pequeños
vales de papel timbrado.
El número 31 llevaba la firma tajante y corrida del
comandante Antonio Portocarrero:
Ciento veinte reales para la tropa
de caballería que marcha a Lucena.
Belmonte pasó lentamente la yema de los dedos por el
borde del papel.
—Mire esto, don Manuel —dijo el alguacil Carreras,
señalando el pliego con el pulgar manchado de cera—. Si los hombres del monte
leen el recibo de Juan Tenorio o el dinero que le dimos al retén el día de la
salida a Monturque, sabrán que medio pueblo ha puesto reales para darles caza.
Belmonte levantó la mirada.
—Precisamente por eso no pueden quedar aquí.
En la plaza de Cabra, el silencio se cortaba con
cuchillo. El tabernero de San Juan Bautista mantenía las contraventanas
atrancadas y, en el calabozo, los presos golpeaban el cerrojo reclamando el
aceite para sus candiles.
Belmonte volvió a mirar los recibos.
Cada uno parecía insignificante por separado. Juntos
contaban demasiado.
Contaban quién había pagado, cuánto se había gastado y
para qué.
Contaban, también, quién había estado del lado del
Ayuntamiento cuando los hombres de la sierra comenzaban a ganar terreno.
De pronto, un disparo rasgó la noche desde la salida
del camino de Lucena.
Carreras se volvió hacia la puerta.
Belmonte no recogió las monedas; recogió los papeles.
Sabía que, en 1823, una bala podía errar el tiro, pero
una firma estampada en un recibo oficial podía condenar a un hombre para
siempre.
—Abre la bargueña, Carreras —ordenó el regidor con la
voz seca, mientras comenzaban a escucharse los primeros gritos en las
callejuelas—. Estos papeles tienen que quedar a salvo.
CAPÍTULO VI
Las requisas de harina y mulas en el
arroyo del Pedroso
El rastro de la harina embargada
El polvo blanco de la harina cubría los lomos de las
cuatro mulas alquiladas que cruzaban el portón de la villa.
Al frente de la comitiva, Antonio Melgar se sacudía el
ala del sombrero mientras mostraba al guardia el vale firmado por el regidor
Belmonte:
Veintiocho reales por el alquiler de
las bestias para ir a los molinos del campo.
Melgar entró en la escribanía y dejó sobre la mesa un
cántaro de aceite embargado.
—Los olivareros de la sierra se han quedado gritando
en los arroyos, don Manuel —dijo—. Dicen que el Gobierno de Córdoba los mata a
contribuciones y que, antes de volver a pagarle un solo real a la Diputación
Provincial, le pegan fuego a las prensas.
Belmonte no contestó.
Examinaba el impreso sellado en la capital por el
depositario Andrés Navajas:
Dos mil cuatrocientos cincuenta y
cuatro reales enviados a la Diputación de Córdoba.
El dinero de Cabra volaba hacia la capital para
sostener la guerra constitucional, mientras en los montes entre Lucena y
Montilla las familias de los deudores embargados buscaban refugio en la partida
del Saldituer.
Belmonte dobló lentamente el documento.
—El pueblo se levanta no por la política, sino por el
estómago, Melgar —suspiró.
Guardó el justificante número 33 en el legajo de la
Data.
—Si requisamos la harina de los molinos y les contamos
los puercos en la dehesa, no nos extrañe que, cuando el Saldituer baje de la
sierra, los mismos molineros le abran los portones de Cabra.
CAPÍTULO VII
|
El asalto a las murallas por el Arco de la Villa y
la bajada por el camino de Lucena |
La noche de la escuadra y el cartucho
El silencio de la campana hizo más
inquietante la noche justo cuando los primeros cascos de caballo retumbaron en
el empedrado del Arco de la Villa y en la bajada por el camino de Lucena.
No hubo llamada a rebato.
Solo el ruido de los caballos acercándose.
No era la tropa regular de la Milicia.
Era la algarada desordenada de la partida de
Saldituer, que entraba a la luz de las teas atravesando los soportales de las
murallas.
En el piso alto de las Casas Capitulares, la mecha del
candil chisporroteaba sobre la mesa de pino.
Manuel Belmonte no corrió hacia la ventana.
Con las manos temblorosas, pero firmes, comenzó a
envolver en un paño de lino verde el libro mayor de la contabilidad junto a los
vales sueltos: la orden de la caballería de Portocarrero, la libranza del
carpintero Salmones y el recibo del padrón de cerdos de Antonio Mellado.
—¡Don Manuel, no hay tiempo! —gritó el alguacil
Carreras, atrancando la barandilla de la escalera con un pesado escaño de
roble—. Los paisanos de los molinos les han abierto paso por la calle de la
Cruz. ¡Vienen a por la caja del arbitrio y a por usted!
Abajo, un golpe seco, amortiguado por la madera, hizo
temblar los portones del Ayuntamiento.
Se oyeron voces ásperas reclamando los caudales y
gritando el nombre del regidor Belmonte.
Otro golpe.
La madera crujió.
—No vienen a por el dinero, Carreras —dijo Belmonte,
apretando el fardo de papeles contra el pecho mientras abría la puerta trasera
que daba al huerto de las monjas—. El dinero ya se lo llevó la Diputación a
Córdoba y la tropa a Lucena.
Miró hacia la escalera.
—Vienen a por la memoria. Vienen a buscar los nombres
de los que firmaron los suministros y de los que cobraron las partidas de la
Milicia.
Un segundo hachazo astilló el roble del portón
principal.
Carreras se quedó inmóvil.
—Entonces, ¿qué hacemos con los libros?
Belmonte no respondió.
Se deslizó en la penumbra del patio con el fardo
apretado contra el pecho. Sentía el frío de la noche sobre el rostro y, por
primera vez, tuvo la certeza de que al día siguiente la villa de Cabra podía
amanecer bajo un nuevo régimen.
Pero las mismas deudas seguirían escritas sobre el
papel timbrado.
CAPÍTULO VIII
El hallazgo del pan de cañada
y la evidencia del
apoyo a la guerrilla
El pan de la discordia
|
|
Al día siguiente del intento de asalto, la escribanía
amaneció impregnada de una calma pesada y densa.
Las actas de la Milicia y las libranzas de caballería
seguían apiladas sobre la mesa de pino, pero Manuel Belmonte ya no las miraba
con la misma autoridad.
Entró el alguacil Carreras trayendo un lienzo de lino
basto que olía a trigo recién horneado. Lo dejó sobre los documentos.
—Lo han encontrado en el registro del portalón de la
villa, don Manuel —dijo con tono sombrío—. Un mozo de los molinos intentaba
colgarlo en el cesto de las provisiones.
Belmonte desplegó el paño.
Era medio pan de cañada, todavía blando, con una marca
en forma de cruz hecha a navaja en la corteza.
—No es un botín, Carreras —murmuró Belmonte sin tocarlo—.
Es la ración que le tenían guardada.
El alguacil bajó la voz.
—El pueblo entero les está dando cobijo. En los
cortijos de la sierra no hay un solo campesino que niegue un jarro de vino o un
trozo de queso a los hombres de Saldituer.
Carreras hizo una pausa.
—La gente está aburrida de requisas de harina, de
embargos de mulas y de pagar reales para una guerra que se lucha en Córdoba.
Para los vecinos de las lindes, la Milicia Nacional son los que les quitan el
pan; Saldituer es el que se lo devuelve.
Belmonte se levantó de la silla y caminó hasta la
ventana que daba a la plaza.
Allí abajo, la vida parecía discurrir con normalidad.
Los vecinos cruzaban de un lado a otro, los puestos comenzaban a abrir y
algunos hombres conversaban en pequeños grupos.
Pero el regidor percibía las miradas de reojo.
La duda ya no estaba en el monte.
Estaba dentro del pueblo.
—Ahí radica nuestra verdadera condena, Carreras —dijo
Belmonte, señalando el pan—. A un bandido común se le ahorca si la tropa le da
caza. Pero a un cabecilla al que la gente humilde alimenta por fe y por
despecho, no hay sesenta caballos ni milicia que puedan atraparlo.
Volvió lentamente a su escritorio.
Tomó la pluma y la sostuvo unos instantes sobre el
papel.
Si el régimen caía en cuestión de días, las cuentas
debían cerrarse.
Y los nombres de los colaboradores de la villa tenían que desaparecer antes de que el propio pueblo entregase las llaves de la escribanía a la partida del monte.
CAPÍTULO IX
|
La emboscada a la caballería liberal en el barranco
del Pedroso |
Los
trabucos del barranco
El polvo del
camino de Lucena tardó en posarse.
En el fondo
del barranco del Pedroso, la caballería de la Milicia Nacional avanzaba en fila
de a uno, con los sesenta caballos exhaustos tras tres días de marcha inútil
por los pedregales de la Subbética.
Los cascos
de las monturas resonaban contra las piedras calizas como un tambor lejano.
Al frente
del pelotón, el oficial al mando observaba la espesura de los lentiscos y los
olivos silvestres.
No había viento.
Solo el
chasquido seco de una cigarra y el tufo a sudor de las bestias.
De pronto,
un silbido agudo cortó el aire.
Antes de que
el primer jinete pudiera desenfundar el sable, las crestas del barranco se
encendieron en fuego y humo.
El estampido
sordo de una docena de trabucos retumbó entre las rocas, haciendo rodar
pedruscos y sembrando el pánico entre la tropa.
Dos caballos
encabritados cayeron de costado, arrastrando a sus jinetes por la ladera.
—¡A
cubierto! ¡Formad escuadra! —gritó el oficial mientras intentaba dominar a su
montura, desatada por el susto.
Pero no
había a quién disparar.
Los hombres
de Saldituer no vestían uniforme ni mantenían la formación de línea. Se
emboscaban tras las peñas que conocían desde niños, disparando a quemarropa y
volviendo a cargar con la rapidez de quienes habían aprendido a moverse por
aquella sierra desde pequeños.
Desde una
peña alta, embozado en una manta jerezana y con el trabuco humeante sobre el
brazo, Saldituer contemplaba el caos de la caballería liberal.
A su lado,
el vizco Rivas amartillaba un tercer chopo arrebatado días atrás a la guardia
local.
—¡No tiréis
a matar a los caballos si se pueden salvar, Rivas! —ordenó Saldituer, alzando
la voz por encima de la humareda—. Esas bestias las necesita la gente de la
sierra para labrar la tierra que les han embargado. ¡Tirad al aire o a las
piernas de la tropa! ¡Que sepan que el monte tiene dueño!
En menos de
diez minutos, la emboscada había cumplido su cometido.
Sin
necesidad de un baño de sangre inútil, la caballería constitucional quedó
dispersa, desarmada y en desbandada rumbo a la villa.
Saldituer no
buscaba aniquilar al ejército.
Buscaba demostrar la impotencia del Gobierno y dejar claro ante los pueblos de la comarca que la autoridad de los pliegos y de las contribuciones acababa justo donde empezaba la primera cuesta de la sierra.
CAPÍTULO X
|
La detención del tabernero Lorenzo con el badajo
robado y la promesa de la reparación histórica (los 8 reales de 1823) |
La factura
del silencio
La puerta de la secretaría no se abrió con un golpe de
llaves, sino con la pisada pesada del alguacil Carreras, que traía enganchado
del brazo a Lorenzo, el tabernero de San Juan Bautista.
El hombre venía pálido, con la camisa manchada de
mosto y las manos temblándole a la altura de la faja.
—Aquí tiene al que nos dejó sordos, don Manuel
—masculló Carreras, arrojando sobre la mesa de pino un trozo de bronce oxidado
y envuelto en arpillería—. Lo tenía escondido bajo las tinajas del portal. Por
eso no hubo llamada a somatén cuando la caballería cayó en el barranco.
Manuel Belmonte se levantó despacio.
Miró el badajo de la campana y después fijó los ojos
en el tabernero.
—¿Cuánto te dio la gente de Saldituer por quitar la
voz a la villa, Lorenzo? —preguntó con una calma que helaba la sangre.
—Ni un maravedí, don Manuel... Se lo juro por la Cruz
de San Juan —balbuceó el tabernero, cayendo de rodillas—. Si dejaba que sonara
a rebato, los hombres del monte le pegaban fuego a mi estancia y a las cubas.
Yo solo quería proteger lo mío.
—Has vendido la seguridad de tus vecinos por miedo a
un trago de vino amargo —dijo Carreras, apretando los puños.
Belmonte tomó la pluma, pero esta vez no anotó el
gasto en la libreta de la Data.
Miró al tabernero y al alguacil, sabiendo que el
régimen se desplomaba y que no habría tribunal constitucional que juzgara
aquella traición.
—Guarda ese badajo, Carreras —ordenó el regidor,
mientras volvía a asegurar los pliegos dentro del paño de lino—. La justicia de
hoy no va a llegar a tiempo para arreglar la ermita ni para poner la cruz que
falta en esa taberna.
Hizo una pausa.
—Pero el tiempo pasa, Lorenzo... y ten por seguro que,
antes de que esta villa olvide lo que ocurrió esta noche, tu casa o tus
herederos tendrán que pagar hasta el último real para que esa campana vuelva a
sonar y esa cruz vuelva a estar en su sitio.
Carreras recogió el badajo.
Durante unos instantes nadie habló.
Afuera, la villa permanecía en una calma extraña, como
si todos supieran que algo había cambiado para siempre.
Belmonte volvió la mirada hacia los papeles.
El bronce oxidado seguía sobre la mesa.
Una campana muda.
Unos documentos que podían condenar a muchos.
Y una cuenta pendiente que, de una manera u otra,
acabaría siendo saldada.
Mucho después, los ocho reales necesarios para reparar
aquella deuda quedarían también escritos en la historia de la villa.
CAPÍTULO XI
La subida al desván y la ocultación de los legajos
junto a la viga maestra
El paño de
lino
El estruendo
del portón al ceder abajo retumbó en la estructura de madera de las Casas
Capitulares.
Los gritos
de la gente de la sierra y el seco impacto de los culatazos contra las paredes
del soportal anunciaban que la escribanía estaba a punto de caer.
Manuel
Belmonte terminó de atar los cuatro cabos del lienzo de lino basto.
Dentro no
quedaba la riqueza de la villa, sino su memoria amarga: las cuentas de los
sesenta y dos caballos, la lista de los mozos del sorteo de quintas, los vales
del aceite y la harina requisada a los molineros.
—¡Suba, don
Manuel, suba! —lo apremió Carreras en un susurro desesperado desde la
embocadura de la escalera del trastero.
Sostenía un
candil sin tulipa que lanzaba sombras gigantescas sobre la cal de la pared.
Subieron los
peldaños de roble gastado hasta el último nivel, donde el aire se volvía denso,
rancio y caliente bajo la teja vana.
El desván
olía a madera seca, a palomina y a décadas de abandono.
Era un
rincón oscuro, lleno de aperos inservibles, sillas rotas y sacos vacíos de
esparto.
Belmonte se
agachó junto a la hilera de vigas principales, allí donde el faldón del tejado
casi tocaba el suelo de ladrillo.
Con cuidado,
como quien deposita algo que debe sobrevivir, empujó el paquete de papeles
hasta el fondo del hueco, entre una viga maestra y un montón de maderas viejas.
Carreras
contempló el escondite.
—Si los
encuentran mañana —murmuró—, el nuevo corregidor mandará ahorcar a media villa
por haber financiado a la Milicia.
Belmonte se
limpió el hollín y el barro de las manos en la casaca.
—No los van
a encontrar.
Miró hacia
la escalera.
—Buscarán en
la caja del arbitrio. Buscarán en la bargueña y en los cajones de la
secretaría. Buscarán el dinero.
Volvió la
mirada hacia el rincón oscuro.
—Nadie busca
la verdad en el polvo de un desván.
Abajo se oyó
el crujido final de la puerta de la escribanía al ser derribada.
Carreras
apagó el candil.
Durante unos
instantes, los dos permanecieron inmóviles en la oscuridad.
Luego
Belmonte bajó lentamente la trampilla.
Los papeles
quedaron allí, ocultos entre las vigas, junto a los reales, los maravedís y los
nombres de los hombres de Cabra, Lucena, Montilla y Monturque.
Nadie sabía
cuánto tiempo permanecerían escondidos.
Pero, por
aquella noche, estaban a salvo.
CAPÍTULO XII
Los papeles
que nadie encontró
El
silencio del papel
El sol de la
mañana entró por el ventanal roto de las Casas Capitulares, matizando el aire
de dorados y motas de polvo en suspensión.
Abajo, en la
plaza, el murmullo cundía entre los vecinos.
La bandera
constitucional yacía arrugada sobre los adoquines y un regimiento de
Voluntarios Realistas se apostaba ya en los soportales, con cintas rojas en los
sombreros.
En el
despacho de la escribanía, las mesas estaban vueltas del revés y los cajones de
la bargueña, abiertos de par en par.
El nuevo
comisionado del rey, flanqueado por dos hombres armados, revolvía los estantes
y arrojaba al suelo los legajos vacíos.
—¿Dónde
están los libros de la Data, Belmonte? —demandó, encarando al regidor con la
fusta apoyada sobre la mesa de pino—. ¿Dónde están los nombres de los que
compraron el aceite requisado y los que cobraron las libranzas de la
caballería?
Manuel
Belmonte permanecía de pie, con los brazos cruzados y la casaca manchada de
cal.
A su lado,
el alguacil Carreras no se atrevía a alzar la mirada.
—El archivo
oficial está ahí, a la vista de todos —respondió Belmonte con voz pausada.
Señaló los
libros mayores desplegados sobre el suelo.
Sus páginas
solo contenían los asientos del arbitrio ordinario y la contribución de la sal.
—¡No me tome
por imbécil! —estalló el comisionado, golpeando la madera con la fusta—. Aquí
faltan dos años de cuentas. Faltan las listas de la Milicia, los recibos de los
pertrechos y las gratificaciones a las mesas electorales. Alguien ha limpiado
la secretaría.
Belmonte
sostuvo la mirada sin pestañear.
—Las
partidas de la tropa que pasaron hacia Lucena y Córdoba se llevaron lo que
quisieron, señor comisionado. Las guerras no dejan recibos cuando se van; solo
dejan deudas.
Hizo una
pausa.
—Lo que ve
sobre esa mesa es lo único que esta villa conserva.
El
comisionado observó la habitación con rabia contenida.
Dio una
patada a una caja de madera vacía.
Después
comenzaron los registros.
Buscaron en
los baúles, registraron la vivienda del escribano y revolvieron las alacenas de
la planta baja.
Pero nadie
pensó en levantar la vista hacia la pequeña trampilla del techo del fondo,
perdida entre las sombras y el hollín de las vigas.
Minutos
después, las botas del destacamento resonaron escaleras abajo.
Se fueron
dejando tras de sí el eco de sus amenazas y la puerta principal desvencijada.
Cuando el
silencio volvió a adueñarse de las Casas Capitulares, Carreras dejó escapar un
suspiro largo y miró a Belmonte.
—Se han ido
a la taberna de Lorenzo a celebrar la victoria —musitó—. Pero volverán a buscar
responsabilidades.
Belmonte se
acercó al ventanal y contempló los tejados de Cabra que se extendían hacia la
sierra.
—Que
busquen.
Permaneció
unos instantes en silencio.
—No hay
tribunal en el mundo que pueda condenar lo que no puede leer.
Carreras
levantó lentamente la mirada.
Belmonte
continuó:
—Los hombres
pasarán. Las banderas cambiarán en el balcón. Saldituer volverá a sus olivos.
Miró hacia
el techo.
—Pero esos
papeles guardarán la verdad de lo que fuimos hasta que el tiempo decida devolverlos.
Ninguno de
los dos volvió a hablar.
En lo alto
del desván, bajo la teja vana y amortiguados por la sombra de la viga maestra,
los pliegos atados en el lienzo de lino permanecían ocultos.
El polvo
comenzó a cubrirlos.
Y sobre
aquel papel blanco, que había servido para escribir cuentas, deudas, órdenes y
nombres, empezó también a caer el silencio.
EPÍLOGO
La paz del bronce y el polvo
Apenas unas
semanas después de la entrada de las tropas realistas, el polvo de la guerra comenzó
a posarse sobre la Subbética.
España fue
tomando el pulso cansado de un nuevo tiempo. Las pasiones del Trienio se fueron
apagando, la Milicia dejó de patrullar los caminos y los antiguos enemigos
volvieron a cruzarse cada mañana por los rincones de la plaza de las Carnicerías.
Pero algunas
cuentas tardan más en cerrarse que otras.
A finales de
aquel mismo otoño de 1823, un maestro herrero local subió por una escala de
mano hasta el campanil de la ermita.
Llevaba bajo
el brazo un badajo de bronce recién moldeado y una pequeña cruz de forja
destinada a la fachada de la Taberna de San Juan.
Abajo, sobre
el empedrado, el tabernero Lorenzo y el alguacil Carreras contemplaban la
escena en silencio.
De la caja
del Ayuntamiento salieron los ocho reales exactos para pagar el trabajo del
artesano.
Cuando la
campana volvió a repicar por primera vez, el sonido fue limpio, grave y sereno.
Voló sobre
los olivares de Cabra, Lucena y Monturque.
Nadie habló
entonces del somatén que había permanecido mudo. Nadie quiso recordar las
partidas de la sierra ni las noches de miedo.
El bronce
sonaba ya para una España que buscaba olvidar.
Y mientras
la villa recuperaba lentamente sus rutinas, los papeles seguían donde Belmonte
los había dejado.
Bajo la teja
vana.
Entre la
viga maestra y las maderas viejas.
Cubiertos de
polvo y protegidos por un silencio que nadie volvió a interrumpir.
Pasaron los
años.
Después, las
décadas.
Cambió
España. Cambiaron los hombres, las leyes y las banderas. Aquellos nombres que
habían provocado miedo fueron quedando lejos de la memoria de los vivos.
Pero los
papeles permanecieron.
Los reales y
los maravedís. Las cuentas de los caballos. Las libranzas. Los recibos. Las
listas. Las firmas.
Todo aquello
que en 1823 podía comprometer a un hombre terminó convertido, con el paso del
tiempo, en un testimonio de una época.
Casi dos
siglos después, alguien volvió a encontrar aquellos legajos.
Los sacó del
polvo.
Los abrió.
Y volvió a
leer los nombres.
Entonces los
papeles dejaron de ser únicamente papeles.
Volvieron a
aparecer Belmonte, Carreras, Casamayor, Lorenzo y Saldituer. Volvieron las
cuentas, las deudas, las requisas y los caballos. Volvieron las voces de una
comarca que, durante mucho tiempo, había permanecido escrita únicamente en
tinta sobre papel.
Quizá ese
sea el verdadero destino de los documentos antiguos.
No conservar
el pasado intacto.
Sino
esperar.
Esperar a
que alguien vuelva a abrirlos y comprenda que detrás de una cifra hubo una
persona; detrás de una firma, una decisión; y detrás de un recibo, una
historia.
Los papeles
del desván esperaron casi dos siglos.
Y cuando por
fin alguien volvió a leerlos, la historia que habían guardado durante tanto
tiempo volvió a tener voz.
RELACIÓN DE PERSONAJES QUE APARENCEN
EN ESA NOVELA
Personajes
Reales (Aparecen en los legajos, firmas, recibos y cuentas
oficiales)
·
Manuel Belmonte: Regidor / escribano
(firmante de la contabilidad de la época).
·
Ramón Casamayor: Aparece en el recibo
real del pago de 40 reales para la mesa electoral.
·
Antonio Portocarrero: Comandante militar
citado en la libranza de la caballería.
·
Salmones: Carpintero citado en el
justificante de pago por la reparación de la mesa.
·
Andrés Navajas: Depositario de Córdoba
citado en el envío de los 2.454 reales.
·
Antonio Mellado: Citado en el recibo del
padrón de cerdos.
Personajes
Ficticios (Creados exclusivamente para la novela para hilar los
hechos)
·
Saldituer: El cabecilla de la partida
realista en la sierra.
·
El Vizco Rivas: El segundo de Saldituer.
·
Francisco Gaspar: El "propio" o
mensajero entre villas.
·
Alguacil Carreras: El alguacil que
acompaña a Belmonte.
·
Lorenzo: El tabernero de San Juan
Bautista.
· Antonio Melgar: El arriero que transporta el aceite y la harina embargada.
APÉNDICE
CONTEXTO HISTÓRICO (1822-1823)
Entre 1820 y 1823, España vivió
el periodo conocido como el Trienio Liberal. Tras el pronunciamiento del
general Rafael del Riego, el rey Fernando VII se vio obligado a jurar la
Constitución de 1812. En pueblos como Cabra, Lucena, Montilla o Monturque, la defensa
de este nuevo orden recayó en los Ayuntamientos constitucionales y en la
Milicia Nacional.
Frente a ellos, los absolutistas
o realistas defendían el poder absoluto del monarca. Desde 1821 comenzaron
a organizarse en partidas armadas que actuaban como guerrillas en los montes y
caminos.
En medio de esta pugna se
encontraba el campesinado. Las reformas liberales y la acuciante necesidad de
fondos para mantener la guerra provocaron un aumento de la carga fiscal,
embargos de cosechas y requisas de mulas en el ámbito rural. Ese malestar
social favoreció, en determinados lugares y entre algunos sectores de la
población rural, la aparición de apoyos a las partidas realistas.
Sin embargo, la colaboración del pueblo llano no siempre respondía a la ideología política. Para la mayoría de los vecinos y labradores de la Subbética no se trataba de elegir entre Constitución o Absolutismo, sino de sobrevivir a las exigencias de cualquier autoridad que llegara pidiendo grano, dinero o animales. Detrás de cada recibo y de cada requisa de este archivo no hay solo política; hay, sobre todo, la lucha cotidiana de un pueblo atrapado en tiempos convulsos.

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