El padre que había detrás del héroe
Hay hombres a los que la
Historia convierte en monumentos antes de que su cuerpo vuelva a la tierra.
José Moscardó llevaba muchos años convertido en uno. En los libros aparecía
como el coronel del Alcázar; en las fotografías, erguido, vestido de uniforme,
con el rostro severo de quien había pasado por una guerra y había quedado para
siempre unido a ella. Pero aquella mañana de abril de 1956 no había uniformes
ni fotografías. Solo había un anciano. Y una cama.
José Moscardó estaba en
Madrid, enfermo, con setenta y siete años. El tiempo había ido dejando sobre
aquel cuerpo las huellas de una vida demasiado larga para quien había conocido
de cerca la guerra, la muerte y la gloria. En la habitación todo parecía
haberse detenido. El silencio apenas se rompía con la respiración fatigosa del
enfermo y con algún ruido lejano de la calle. Quizá en aquellos últimos días
los recuerdos llegaban sin pedir permiso, mezclándose unos con otros, como
sucede cuando la vida comienza a alejarse y el pasado parece estar más cerca
que el presente.
Y entre todos aquellos
recuerdos había uno que jamás había podido quedar atrás.
Toledo. Julio de 1936.
El calor se había metido
entre los muros del Alcázar. Dentro, hombres, mujeres y niños esperaban
mientras alrededor se estrechaba el cerco. Fuera, las fuerzas que sitiaban la
fortaleza exigían su rendición. El teléfono se convirtió entonces en el hilo
que unía dos mundos enfrentados.
Al otro lado de la línea
estaba Cándido Cabello. Y al otro lado, Moscardó.
La conversación terminó
llegando hasta aquello que un padre nunca hubiera querido escuchar: tenían a su
hijo Luis y amenazaban con fusilarlo si el Alcázar no se rendía. Le daban diez
minutos.
Durante unos instantes, el
coronel dejó de ser el hombre que mandaba a los defensores del Alcázar. Antes
que coronel, antes que general y antes que héroe, era un padre.
—¡Papá!
La voz de Luis debió de
atravesar aquella distancia de una manera distinta a cualquier orden militar.
—¿Qué hay, hijo mío?
—Nada, que dicen que me van a
fusilar si no rindes el Alcázar.
Después vinieron las palabras
que la Historia ha conservado y cuya formulación exacta ha llegado hasta
nosotros a través de distintas versiones. Moscardó habló con su hijo. Le pidió
serenidad. Le habló de Dios y de aquello que consideraba su deber. Y entonces
llegó la despedida.
—Un beso muy fuerte, papá.
Y al otro lado de la línea,
un padre respondió a su hijo.
Después el teléfono quedó en
silencio.
Los diez minutos pasaron. El
Alcázar no se rindió.
Pero Luis no murió aquel día.
Su muerte llegaría un mes después. El 23 de agosto de 1936, cuando tenía
veinticuatro años, fue sacado de la prisión de Toledo junto con otros detenidos
y ejecutado.
Y mientras Moscardó seguía
combatiendo y aquella historia se convertía poco a poco en una de las escenas
más conocidas de la guerra, había otra tragedia familiar que ya había ocurrido
y que con frecuencia queda escondida detrás de la figura del héroe.
Su hijo mayor, José, Pepe
Moscardó, había sido detenido en Barcelona. También él moriría fusilado, el 23
de julio de 1936.
El mismo día de aquella
llamada.
Quizá con los años los
libros, los discursos, las fotografías y las condecoraciones terminaron por
colocar una armadura alrededor de José Moscardó. La Historia lo convirtió en
símbolo. Pero debajo de aquel uniforme seguía existiendo un hombre que había
perdido a dos hijos.
Ahora, en aquella habitación
de Madrid, treinta años después, ya no había batallas que librar ni órdenes que
dar. Solo quedaban los recuerdos.
Tal vez en aquellos últimos
momentos Moscardó volviera a escuchar una voz que el tiempo no había conseguido
borrar. Tal vez volviera a estar, por un instante, en aquella habitación
improvisada del Alcázar, junto a aquel teléfono, escuchando a Luis al otro lado
de la línea. Tal vez volviera a oír aquel «Un beso muy fuerte, papá».
No sabemos qué pasó realmente
por su pensamiento en sus últimos minutos. La Historia no puede contarlo. Y
quizá sea mejor así. Porque hay una frontera que un relato histórico puede
acercarse a tocar, pero que no debería cruzar: podemos imaginar lo que pudo
sentir aquel padre, pero no debemos convertir nuestra imaginación en un hecho.
José Moscardó murió en Madrid
el 12 de abril de 1956. Tenía setenta y siete años. Sus restos serían
trasladados al Alcázar de Toledo y enterrados en su cripta, junto a los de su
hijo Luis.
Y quizá allí, finalmente, se
cerró una historia que había comenzado treinta años antes con una llamada
telefónica.
Una historia que la Historia
contó muchas veces como la de un coronel, un asedio y una resistencia.
Pero detrás del coronel había
un padre.
Y quizá, cuando ya no quedaba
nada que defender ni ninguna orden que dar, aquel hombre no recordara las
medallas, ni los honores, ni siquiera el nombre con el que había pasado a la
Historia.
Quizá solo volviera a
escuchar la voz de su hijo:
—Un beso muy fuerte, papá.
Y esta vez ya no había teléfono que los separase.

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