El Veterano de Plaza España
EL VETERANO DE PLAZA ESPAÑA
Antonio Fernández Álvarez
Esta mañana me he tomado un café con un exmiembro
ya jubilado del CESID. Tras el saludo protocolario —pues hacía mucho tiempo que
no nos veíamos—, me invitó a sentarme en su mesa y nos pusimos a charlar. Al
principio nos preguntamos por la familia y la salud, todo muy trivial; pero yo
ardía de ganas de preguntarle si le hervía la sangre por lo que sucede en
Ceuta, por la pasividad del Gobierno y por cómo este ha intentado ningunear al
servicio de inteligencia. Sorpréndanse: lo que me contó no lo oirán en la
televisión ni en ninguna cadena de radio, solo en boca de alguien que ya no
tiene nada que perder.
Él se mantuvo unos segundos en silencio,
observando el vapor que subía de su taza antes de alzar la mirada. Cuando
habló, lo hizo con la calma helada de quien ha pasado cuarenta años gestionando
secretos de Estado.
—Mira —me dijo, inclinándose hacia
adelante y bajando la voz al nivel justo en que el ruido de los platillos del
bar tapaba sus palabras—, si buscas a alguien que eche espuma por la boca, te
has equivocado de mesa. Lo que siento no es sangre hirviendo; es el agotamiento
de haber visto esta misma película rodada exactamente con el mismo guion bajo
cuatro gobiernos distintos.
Dio un sorbo lento al café, dejó la taza
sin hacer el menor ruido y continuó:
—La gente se cree que la diplomacia con el
norte de África es un asunto de declaraciones solemnes y cumbres de alto nivel.
La realidad es mucho más tosca: es una extorsión en diferido. En Marruecos no
hay decisiones improvisadas sobre Ceuta o Melilla. Cuando abren la mano en la
frontera o canalizan la presión migratoria, no es un estallido espontáneo de
desesperación humana; es una herramienta de política exterior perfectamente
calculada, testada y presupuestada en los despachos de Rabat.
Hizo una pausa breve y me señaló con la
punta del dedo sobre la mesa de mármol.
—Y aquí viene la parte que no te van a
contar en los informativos: en La Casa nunca nos pilló por sorpresa nada de
esto. Cada movimiento, cada reunión en Tetuán, cada cambio en los mandos de la
Gendarmería Real o en la Guardia Real marroquí estaba registrado, analizado y
enviado a la Moncloa semanas antes de que saliera la primera lancha o se
concentrara la primera multitud junto a la valla.
Se amargó un poco el gesto, el único
destello de emoción contenida en toda la mañana.
—El problema de este país jamás ha sido la
falta de información. Ha sido la falta de agallas para usarla. La política
española lleva décadas atrapada en una neurosis: el pánico a que un conflicto
diplomático afecte al calendario electoral o estropee la foto de turno. Cuando
les llega un informe advirtiendo que Rabat va a apretar las tuercas si no
cedemos en tal o cual expediente, la respuesta del Gobierno nunca es plantar
cara o activar medidas de disuasión. La respuesta habitual es guardar el
informe en el cajón, cruzar los dedos y rezar para que la crisis no estalle
bajo su mandato.
Apretó la mano sobre la mesa, formando un
puño discreto pero firme.
—Y lo verdaderamente indignante —continuó—
no es solo la pasividad ante el vecino del sur. Lo despreciable es la cobardía
hacia dentro. Cuando la presión es tan grande que no se puede ocultar y el
escándalo salta a las portadas de la prensa internacional, el político de turno
necesita un cortafuegos urgente. ¿Y a quién van a señalar? ¿A la diplomacia? ¿A
la política exterior del Gabinete? No. Filtran a la prensa amiguete que «los
servicios no supieron prever la dimensión de la crisis» o que «ha fallado la
inteligencia».
Sonrió con una amargura casi compasiva.
—Saben perfectamente que podemos encajar
el golpe porque ningún director de la inteligencia va a convocar una rueda de
prensa para enseñar los registros de salida de los documentos confidenciales
con el sello de la Moncloa. Nos utilizan como chivo expiatorio porque nuestro
código nos obliga al silencio. Pero al ningunear a tu propio servicio secreto
para salvar la cara un martes por la mañana en el Congreso, no estás castigando
a cuatro mandos: estás enviando una señal devastadora a Rabat, a París y a
Washington. Les estás diciendo que la inteligencia de España es un juguete
político prescindible. Y en este oficio, mi amigo, cuando pierdes el respeto
estratégicamente, la factura no la paga un partido en las urnas; la paga la
seguridad de todos durante los siguientes veinte años.
Aunque comprendía todo lo que me decía, lo
cierto es que estaba lejos de entender la verdadera magnitud de la situación.
Así que cambié de pregunta:
—¿Por qué no los echamos? Tenemos
Ejército, medios y capacidad.
Soltó una carcajada breve, un golpe de
aire seco sin pizca de alegría, y negó con la cabeza mientras agitaba el sobre
de azúcar ya vacío.
—Esa es la pregunta del millón en
cualquier barra de bar a tres mil kilómetros del problema. «Tenemos Ejército,
los echamos y se acabó el cuento». Si la geopolítica fuera tan sencilla como
una suma de tanques y fragatas, la vida en La Casa habría sido francamente
aburrida.
Se apoyó sobre ambos codos, clavando sus
ojos en los míos con una gravedad casi pedagógica.
—Vamos a ver. Claro que tenemos ejército,
medios y capacidad técnica para asegurar cada metro de la valla y de las aguas
territoriales. En un choque militar directo y aislado, la capacidad de
respuesta española es aplastante. Rabat lo sabe, en Bruselas lo saben y en
Washington lo saben. Pero es que Marruecos jamás te va a plantear un choque militar
abierto. Su estrategia con Ceuta y Melilla no es la invasión: es el desgaste
por asfixia y la guerra híbrida.
Se inclinó aún más hacia mí, bajando la
voz.
—Imagínate que aplicas esa «solución de
fuerza» que propones. Despliegas al Ejército en primera línea, sellas la
frontera a cal y canto y respondes con contundencia militar ante la primera
masa que empuje la valla. ¿Qué crees que pasa a las tres horas? Marruecos no te
responde mandando sus cazas; te responde poniendo delante a diez mil civiles,
entre ellos mujeres y niños, mientras sus cámaras lo graban todo en alta
definición. En cuatro horas tienes la portada del New York Times y de Le Monde
abriendo con imágenes de tropas europeas usando la fuerza contra población
desarmada en el norte de África.
Dio dos toques firmes en la mesa para
remarcar la idea.
—A partir de ese minuto, la partida cambia
de tablero. Rabat activa de inmediato la presión diplomática: te corta la
cooperación en materia antiterrorista —y te recuerdo que la información que nos
llega sobre células yihadistas en el Sahel y en el Magreb salva vidas en Madrid
y Barcelona todos los años—, te frena el control de las mafias de inmigración
en las costas y bloquea los acuerdos comerciales y pesqueros que afectan a
media Andalucía y Canarias. En cuestión de días, tus propios socios europeos,
que prefieren la estabilidad en el Mediterráneo a cualquier precio, te empiezan
a llamar por teléfono para pedirte «moderación» y «diálogo».
—La fuerza militar es un elemento de
disuasión, no una varita mágica para gestionar una frontera viva. Marruecos
juega al ajedrez con el reloj en la mano y la demografía a su favor; sabe que
España cambia de gobierno cada cuatro u ocho años y que la opinión pública
europea es extraordinariamente sensible al escándalo visual. Ellos aplican la
doctrina de la «zona gris»: apretar justo hasta el límite en el que te hacen
daño, pero sin llegar a cruzar la línea roja que obligaría a la OTAN o a la
Unión Europea a intervenir militarmente en tu defensa.
—Echar mano del Ejército para resolver un
pulso de guerra híbrida es como intentar apagar una fuga de gas a cañonazos:
puedes romper la pared, pero la explosión te la llevas tú. La verdadera fuerza
de un Estado no está en enseñar los dientes a la primera de cambio, sino en tener
una estrategia firme a treinta años vista que no cambie cada vez que se vota en
el Congreso. Y eso, mi amigo, es precisamente lo que nos falta.
—Entonces, ¿damos por perdida Ceuta?
El hombre se quedó mirándome fijamente,
sin parpadear. El silencio entre los dos se alargó unos segundos, solo roto por
el ruido de la máquina de café al fondo del local. Luego, apoyó la palma de la
mano abierta sobre la mesa, con una calma pesada y absoluta.
—Si yo pensara que Ceuta está perdida, no
me habría tirado treinta años de mi vida sin dormir tres noches seguidas.
El tono de su voz bajó un peldaño más,
volviéndose tajante, casi de piedra.
—Ceuta no se pierde en la valla con un
asalto masivo, ni se entrega en un tratado firmado de noche. Ceuta solo se
perderá el día que en Madrid se convenzan de que mantenerla es un estorbo y
empiecen a preparar a la opinión pública para la digestión de la renuncia. La
pérdida de soberanía no es un zarpazo militar; es un goteo psicológico. Y ese
es el juego en el que nos tienen metidos.
Se reclinó ligeramente en la silla, sin
perder la firmeza en la mirada.
—Marruecos sabe que Ceuta y Melilla son
territorio español y europeo por derecho, por historia y por tratado. Saben que
no pueden tomar una sola calle por la fuerza. Por eso su estrategia es la
«asfixia lenta»: estrangular el comercio local, ahogar la economía de la
ciudad, presionar demográficamente y hacer que el coste político y financiero
de mantener la presencia española sea percibido en la Península como una carga
insostenible a largo plazo. Buscan que dentro de veinte o treinta años sea la
propia sociedad española la que se pregunte: «¿Para qué seguir pasando fatigas
por dos ciudades en África?».
Dio un golpecito seco en el borde de la
mesa con el pulgar.
—Ceuta solo se mantendrá si se aplica una
estrategia de Estado infranqueable, de las que no dependen del partido que
ocupe la Moncloa.
El anciano hizo una pausa, cogió el vaso
de agua, bebió un trago corto y me miró con una sonrisa amarga pero firme.
—Ceuta no está perdida. Lo que está es
abandonada a la improvisación del momento político. Si España recuerda lo que
es un proyecto de país y actúa con inteligencia estratégica, Ceuta seguirá
siendo tan española como Málaga o Zaragoza dentro de cien años. La pregunta no
es si Marruecos tiene la fuerza para quitárnosla; la verdadera pregunta es si
nosotros tenemos la voluntad de conservarla.
—Pero no parece que tengamos voluntad de
conservarla.
—…y los ceutíes lo saben mejor que nadie. El
veterano completó la frase por mí antes de que terminara de formularla. Asintió
despacio, bajando la mirada hacia la mesa como quien reconoce una verdad amarga
que conoce de memoria.
—Ahí le has dado al centro de la diana.
Los ceutíes no viven la soberanía como un debate teórico en una tertulia de
televisión a seiscientos kilómetros. La viven al levantarse cada mañana, al
mirar hacia la frontera, al ver el puerto o al comprobar cómo abren y cierran
los negocios del centro. Sentir que la metrópoli te mira como una molestia o
como un problema que hay que tapar es el sentimiento más desolador para
cualquier ciudadano de frontera.
Apoyó los antebrazos en la mesa,
entrelazando las manos.
—La mayor traición que se le puede hacer a
un español de Ceuta o de Melilla no es ceder ante Rabat en una negociación; es
la incertidumbre. Cuando un comerciante no sabe si dentro de cinco años la
frontera va a seguir siendo permeable o va a ser un muro de hormigón, cuando
una familia duda de si invertir en una vivienda allí o cruzarse a la Península,
o cuando los jóvenes sienten que su futuro pasa inevitablemente por coger el
ferry y no volver... ahí es donde la estrategia del vecino empieza a ganar la
partida. La asfixia psicológica es infinitamente más efectiva que cualquier
despliegue de la Gendarmería marroquí.
—Por eso te decía que la voluntad de un
Estado no se mide en discursos patrióticos el día de la Patrona ni en visitas
oficiales relámpago con fotos de compromiso. La voluntad se mide en
presupuestos, en infraestructuras permanentes, en exenciones fiscales
blindadas, en presencia naval en el Estrecho y, sobre todo, en una diplomacia
que no agache la cabeza cada vez que Rabat levanta el tono. Si a Ceuta le
garantizas un modelo económico propio desconectado del chantaje fronterizo, le
das servicios públicos de primer nivel y dejas claro que la bandera no se
negocia ni por gas, ni por caladeros, ni por cuotas migratorias, los ceutíes no
tendrán nada que temer.
Se puso en pie despacio, arreglándose la
solapa de la chaqueta con la parsimonia de quien da por terminada una clase magistral
que preferiría no haber tenido que dar.
—Si no hay voluntad en los despachos de
Madrid, los ceutíes seguirán sintiéndose en una isla abandonada a su suerte.
Pero no olvides una cosa: las instituciones pasan, los políticos de turno se
van a su casa, pero la gente de la frontera tiene una resistencia de roca.
Llevan siglos siendo el primer escudo de España. El problema nunca ha estado
allí abajo; el problema siempre ha estado en las moquetas de la capital.
—Espera un momento —le dije—. La gente de
la frontera vivía esto como en las guerras entre árabes y cristianos: una época
la ciudad era mora, otra cristiana, pero al final se logró la reconquista. ¿Y
aquí qué va a pasar?
El hombre se detuvo con la mano apoyada en
el respaldo de la silla, mirándome con una mezcla de cansancio y resignación
histórica. Volvió a sentarse despacio, como si la sola mención de la palabra
«reconquista» le obligara a reordenar los conceptos.
—Cuidado con las analogías históricas
—dijo, señalándome con el dedo—, porque la Historia no se repite como un bucle,
aunque nos guste buscarle parecidos para quedarnos tranquilos.
Apoyó las dos palmas sobre la mesa,
fijando sus ojos en los míos.
—El siglo XXI no funciona así. Hoy en día
no hay reconquistas ni conquistas a la antigua usanza, porque el marco legal
internacional, la Carta de las Naciones Unidas, la Unión Europea y las alianzas
militares lo prohíben formalmente. Nadie va a ver a un ejército cruzando el
Estrecho con estandartes para tomar la plaza por las armas. Lo que ocurre hoy
es mucho más sutil y, por eso mismo, mucho más peligroso si no sabes jugarlo.
Hizo una pausa y bajó la voz, matizando
cada concepto.
—En el escenario actual no gana el que
tiene el ejército más grande, sino el que maneja mejor la demografía, la
economía y el relato. Marruecos no busca una victoria militar sobre Ceuta;
busca un cambio progresivo en la matriz sociocultural y económica de la ciudad.
Juegan con el factor tiempo. Saben que si la economía ceutí se vuelve
insostenible sin la mano de obra o el comercio marroquí, si la población
autóctona peninsular termina emigrando por falta de expectativas y si la propia
ciudadanía local acaba sintiéndose desatendida por Madrid, la fruta caerá sola
por maduración.
—¿Que qué va a pasar aquí? Pasará
exactamente lo que España decida que pase. Si España actúa como un Estado
moderno con visión a cincuenta años —invirtiendo masivamente, blindando las
ciudades autónomas en el marco europeo, diversificando su economía para no
depender del vecino y manteniendo una postura de firmeza diplomática sin
fisuras—, Ceuta seguirá siendo tan española como cualquier provincia
peninsular.
Se levantó definitivamente de la silla y
se abrochó el botón central de la chaqueta.
—Pero si el país sigue instalado en la
cortedad de miras, pensando solo en la siguiente cita electoral y tratando a la
frontera sur como un problema incómodo que se tapa con parches... entonces no
habrá ninguna «reconquista» que esperar. Lo que habrá será un abandono
progresivo por aburrimiento y agotamiento. En la geopolítica moderna no te
vencen en una batalla; te vencen cuando consiguen que te olvides de quién eres
y de lo que tienes que defender.
—Esto ya lo hemos hablado antes, pero
España... esta España no es la mía. No la reconozco cuando la comparo con todo
lo que he leído y he conocido sobre nuestras grandes gestas. Creo que España, o
al menos el Gobierno, va a dejar caer Ceuta y Melilla a corto plazo.
El veterano no dijo nada de inmediato. Se
quedó mirándome un segundo largo, con los hombros relajados y los ojos cargados
de esa paciencia serena de quien ha leído tantos partes de inteligencia como
libros de historia.
—Ahí está la clave de todo tu malestar,
amigo —dijo con la voz suave, casi íntima—. Estás comparando el país real de
hoy con la épica de los libros. La historia de España que has leído y que tanto
admiras no se escribió en despachos tranquilos ni fue un camino de rosas
victorioso; fue un cuadro lleno de claroscuros, de crisis profundas, de reyes
incapaces y de momentos donde parecía que todo se venía abajo... y, sin
embargo, el tejido del país siempre terminó aguantando.
Se inclinó ligeramente sobre la mesa antes
de recoger sus cosas.
—Te lo digo con la perspectiva de quien ha
visto pasar a presidentes, ministros y directores del servicio de todos los
colores: no confundas al Gobierno de turno con la Nación. Los gobiernos
cambian, las mayorías parlamentarias van y vienen, y la política del día a día
suele ser miope, medrosa y exasperante. Pero el Estado —las instituciones de
fondo, la diplomacia de carrera, las Fuerzas Armadas, los servidores públicos
de La Casa y la propia sociedad— opera con una inercia mucho más profunda que
la de un mandato de cuatro años.
Dio dos toques suaves con los nudillos
sobre la madera de la mesa.
—A corto plazo verás gestos que te
enervarán, declaraciones ambiguas, fotos desafortunadas y parches diplomáticos
para salir del paso. Verás el ruido del Congreso y la sensación de que nadie al
volante sabe a dónde va. Es normal que te duela y que no reconozcas ese paisaje
si lo miras con la lente de las grandes gestas del pasado. Pero déjame decirte
algo sobre Ceuta y Melilla a corto y medio plazo: dejar caer dos ciudades
autónomas no es tan fácil como firmar un decreto en un cajón.
Sonrió de lado, con esa fe escéptica pero inamovible
de los viejos funcionarios.
—El coste político, constitucional,
jurídico y de seguridad interna de «dejar caer» Ceuta o Melilla sería un
terremoto de tal magnitud que ningún gobierno, por muy cínico o pragmático que
pretenda ser, podría sobrevivirlo. La propia inercia del Estado y el peso de su
historia impiden esa rendición que temes. A veces España parece que camina al
borde del precipicio, pero siempre termina recordando quién es justo antes de
dar el paso en falso.
Se ajustó la chaqueta y me dio una
palmadita afectuosa en el hombro antes de alejarse.
—No pierdas la fe en el país por culpa del
espectáculo de la política. España es mucho más antigua, más dura y más tozuda
que cualquiera de los gobiernos que la administran.
—Espera, Juan, por favor. Y el Rey... sé
que no puede ir si no le dejan, sé que no puede hablar si no le dejan y sé que
no puede mover al Ejército porque solo el Congreso tiene autoridad para
hacerlo, pero... ¡el papelón que está haciendo!
Juan se detuvo a un par de pasos de la
mesa. Escuchó la pregunta con la mano sobre la solapa de la chaqueta, sin
girarse del todo al principio. Luego suspiró despacio, se dio la vuelta y
volvió a mirarme con esa calma disciplinada de quien ha tenido que explicar la
Constitución y los equilibrios del poder a más de un general indignado.
—Ahí le has dado al nervio más sensible de
todo el sistema —dijo, dando un paso de vuelta hacia la mesa, pero sin llegar a
sentarse—. Hablas del Rey y del papelón que parece estar haciendo desde fuera.
Pero para entender su posición hay que entender lo que significa ser el Jefe
del Estado en una monarquía parlamentaria cuando el clima político aprieta.
Apoyó un dedo sobre el respaldo de la
silla.
—El Rey no es un actor político libre; es
el símbolo de la permanencia y unidad del Estado. La Constitución de 1978 no le
da poder ejecutivo: sus actos están refrendados por el Presidente del Gobierno
o por los ministros. No puede convocar al Consejo de Seguridad Nacional por
iniciativa propia, no puede mover un solo batallón y no puede pronunciar un
discurso sobre política exterior que no haya pasado previamente por el filtro
de la Moncloa o de Exteriores. Si el Rey hablara o actuara al margen del
Gobierno, rompería el marco constitucional. Y el primer deber de la Corona es,
precisamente, no romper la regla del juego.
Hizo una pausa y bajó la voz, con un matiz
de honda gravedad.
—¿Que parece un papelón? Desde el punto de
vista emocional o pasional, sí. Para quien busca un gesto heroico, una
declaración tajante o un golpe sobre la mesa, la neutralidad del Rey parece
debilidad o complacencia. Pero en la alta diplomacia y en la inteligencia
estratégica, esa neutralidad forzada es su mayor fortaleza y su última reserva.
Me miró fijamente, asegurándose de que
entendía el alcance de lo que iba a decir.
—La Corona es la diplomacia silenciosa de
este país. Lo que no puede decir en un discurso oficial en la televisión lo
traslada en los contactos privados con las cancillerías europeas, con
Washington o en los canales discretos que la Casa Real mantiene históricamente
con la propia diplomacia de Rabat. Cuando las relaciones políticas oficiales se
deterioran o los gobiernos se bloquean, el canal dinástico y la figura del Rey
siguen abiertos. Es la última red de seguridad del Estado.
—No le pidas al Rey que haga de político
ni de general en la plaza pública. Su función no es ganar el titular del
telediario de hoy, sino garantizar que la institución esté intacta para cuando
el Gobierno de turno pase y la crisis necesite una vía de salida discreta. En
este país tendemos a confundir la prudencia con la cobardía, pero en la alta
política de Estado, la contención suele ser la forma más difícil y amarga del
deber.
Ahora sí, se despidió con un leve gesto de
la cabeza y caminó hacia la salida del café, dejándome a solas con el poso
amargo de la conversación y el bullicio habitual de la calle.
Hice preguntas, repasé mentalmente sus respuestas, pero la incertidumbre, el pesar por los ceutíes y un desasosiego amargo seguían agarrados dentro de mí. Necesitaba decirle algo más. Salí fuera del bar a buscarle, pero no divisé su figura. La plaza estaba llena de transeúntes ajenos y el tráfico fluía con indiferencia; Juan se había esfumado sin dejar rastro, como si nunca hubiera estado allí. Me quedé parado en la acera, preguntándome con un escalofrío si aquel hombre de verdad había compartido mesa conmigo... o si solo había sido un espectro imaginado, el reflejo de mis propias lecturas y temores sobre el destino de España.

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