El secreto bajo la Villa
El secreto bajo la Villa
El
recuerdo de aquel anciano me acompaña con la nitidez de las cosas que no se
entienden de niño, pero que el tiempo se encarga de esculpir en la memoria. Por
entonces, los muchachos del barrio lo consideraban poco menos que un fantasma o
una sombra esquiva; no le profesaban el menor respeto y preferían evitarlo o
dedicarle alguna burla a la distancia. Quizás por eso, en las raras ocasiones
en que coincidíamos, me llamaba por mi nombre de pila, una delicadeza que me
desconcertaba porque jamás recordaba habérselo dicho. Tampoco supe nunca el
suyo, pero su aspecto quedó grabado en mí para siempre.
Cualquiera
habría dicho que era un hombre vencido por los años, pero en su estampa había
algo singular. Era enjuto, consumido por la edad y vestido con ropas ajadas que
denotaban una absoluta falta de riquezas; sin embargo, caminaba con un porte
erguido, casi soberbio, que desmentía su condición. Vivía solo en una casa
humilde en la zona de la Villa, pegada a la antigua muralla, justo en la parte
que asoma a la carretera de Lucena.
La historia
comenzó una mañana cualquiera. Me acerqué a su portal y me sorprendió encontrar
la puerta de madera abierta de par en par. Desde el umbral, una extraña
claridad no provenía del cielo ni del patio, sino que ascendía directamente
desde las baldosas del suelo, como si brotara de las profundidades de un sótano
oculto. Mientras observaba aquel resplandor tenue, la pesada trampilla del
suelo giró con un crujido y la figura del anciano emergió lentamente de la
penumbra, pareciendo brotar de la misma tierra, con la espalda encorvada por el
esfuerzo y el rostro parcialmente iluminado desde abajo.
Al verme allí
parado, me gritó con una voz quebrada por los nervios y la alerta:
—¡¿Qué haces
ahí?! ¡¿Por qué has abierto la puerta de mi casa?!
Lejos de
salir corriendo, traté de disculparme atropelladamente, asegurándole que la
puerta ya estaba abierta cuando llegué. Al notar mi sinceridad y verme inmóvil,
su actitud cambió de golpe; la tensión de su rostro se suavizó y me miró
fijamente.
—No te vayas,
joven —dijo, recobrando el aliento—. He bajado al sótano a llevar unos
alimentos para que se conserven frescos... me he quedado sin hielo. Si me
acompañas y me ayudas a traer unas barras, te daré cinco pesetas.
Acepté sin
dudarlo. Lo acompañé caminando hasta la calle Baena, donde compramos dos
pesadas barras de hielo, y entre los dos las transportamos de vuelta a la
Villa. Cumplió su promesa al pie de la letra: en cuanto dejamos el hielo en su
casa, me depositó el duro en la palma de la mano. A partir de aquel día,
atraído tanto por la paga como por la curiosidad que despertaban aquel hombre y
su misteriosa casa junto a la muralla, procuré visitarle a menudo y ponerme a
su servicio para lo que necesitara.
De lo que
ocurrió las semanas siguientes guarda mi memoria un trazo borroso, casi como si
perteneciera al sueño de otro. Recuerdo haber bajado con él a aquel sótano en
más de una ocasión, pero la noción del tiempo y la distancia se perdían en
cuanto cruzábamos el umbral de la trampilla.
El aire allí
abajo no olía a la humedad rancia de un pozo común, sino a piedra ancestral, a
corriente subterránea y a un polvo tan antiguo que parecía no haber sido pisado
en siglos. La penumbra la quebraba apenas la luz de un candil de carburo que el
viejo sostenía con mano firme.
—Pocos saben
lo que hay bajo los cimientos de la Villa —me murmuró una tarde, mientras nos
adentrábamos por una galería que parecía no tener fin—. Esto no es una simple
bodega, muchacho. Es un camino antiguo, un lugar de leyenda que los hombres
olvidaron cuando aprendieron a mirar solo a la superficie.
Caminábamos
por un pasaje tallado en la roca viva, con una bóveda tan alta que, según me
juró el anciano señalando hacia la sombra del techo, tendría altura suficiente
para que un hombre lo cruzara montado a caballo sin tener que agachar la
cabeza.
El viejo se
detuvo un momento, alzó el candil para iluminar las paredes rezumantes de
humedad y me miró fijamente.
—¿Has oído
hablar de la Raja de los Moros? —me preguntó de pronto.
Alcé la
vista, sorprendido. Claro que conocía la fama de la Raja de los Moros. En Cabra
todos los niños habíamos crecido escuchando historias sobre esa grieta enorme y
profunda abierta en la roca de la Atalaya: que si allí se escondieron los
musulmanes durante la Reconquista, que si guardaba tesoros tapiados… Pero
escucharlo de boca de aquel viejo, a docenas de metros bajo el suelo y
sintiendo el soplo de aire frío que venía del fondo del túnel, hacía que la
leyenda dejara de parecer un cuento de calle y adquiriera una inquietante
apariencia de realidad.
—Pues este
pasadizo desemboca allí mismo —continuó el anciano en un susurro, como si las
paredes pudieran oírle—. Es la vía secreta que conecta la fortaleza con el
corazón de la Atalaya.
No sé si cada
vez que bajábamos recorríamos algunos metros más; la verdad es que no lo
recuerdo bien. El miedo me atenazaba por dentro, aunque intentaba disimularlo a
toda costa para no parecer cobarde ante él. Lo cierto es que no puedo asegurar
que hubiésemos llegado a salir al exterior por aquel subterráneo.
Sí recuerdo
con claridad que un día me vi en La Atalaya. Allí, bajo el sol abierto de la
sierra, me enseñó la Raja de los Moros, la Pisá del Caballo y la Silla
de la Reina, y se detuvo a explicarme el origen de cada uno de aquellos
rincones míticos. Lástima que hoy no conserve en mi memoria sus explicaciones,
pero me queda la certeza de que, aunque hubiésemos recorrido todo el pasadizo
por las entrañas de la tierra, la salida por la Raja de los Moros habría sido de
todo punto imposible: la boca de la grieta estaba prácticamente cegada por un
derrumbe de grandes piedras que parecían arrojadas allí a propósito.
No sé por qué
me ha venido ahora este recuerdo, ni cuándo o por qué dejé de visitar al
anciano. Vagamente me vienen imágenes de la casa cerrada a cal y canto y
derruida poco después. Tras despertar de este sueño, he caminado por la Villa y
he buscado el lugar exacto donde estaría la casa, pero solo he encontrado una
edificación nueva que con toda probabilidad habrá tapado para siempre la
entrada de la gruta.
Sin embargo, sé que esto no fue únicamente un sueño. He acariciado entre mis manos seis monedas árabes de plata: una del año 1299, dos de 1329, dos de 1331 y una de 1370, todas de diferentes tamaños. De cómo llegaron exactamente hasta mí no tengo la menor idea, pero las guardo, aunque desconozca su valor, como el testimonio palpable de un recuerdo lejano.

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