La Reina que sobrevivió a tres verdugos. Juana I
La
reina que sobrevivió a tres verdugos: Juana I
Hoy 6 de noviembre de 1479, hace 547 años, nació
en Toledo Juana de Castilla. La mujer que la historia acabaría llamando «la
Loca» ¿fue
realmente «la Loca», o fue una etiqueta construida alrededor de ella?
Tres hombres estaban llamados a sostener a Juana:
el padre que le dio la sangre, el marido al que entregó su devoción y el hijo
nacido de sus propias entrañas. Debieron haber sido su refugio, su fortaleza y
su amparo. Sin embargo, prefirieron erigirse en sus verdugos, trocando el deber
sagrado de la familia por el peso de una corona que jamás les correspondió en
vida de ella.
El primero en traicionarla fue Felipe el Hermoso, movido por una
ambición ciega e impaciente. Incapaz de aceptar quedarse a la sombra de su
esposa, el archiduque flamenco tejió alianzas y propagó la infamia de la
enajenación mental de la reina con el único fin de apartarla del mando y
hacerse con el control absoluto de Castilla. Su prisa por reinar, sin embargo,
encontró un límite definitivo e inverosímil: la muerte lo sorprendió a los
veintiocho años según una versión tradicional tras beber agua helada. Dejándolo
en la historia como una sombra fugaz que pagó demasiado pronto el precio de su
codicia.
El segundo fue su propio padre, Fernando el Católico, un estratega
implacable que, tras tratar con una ingratitud legendaria a sus mejores
servidores —como al mismísimo Gran Capitán—, cometió con su propia hija un
crimen que no tiene nombre. Tras la muerte de Felipe, Fernando no dudó en sepultar
a Juana en la penumbra de Tordesillas en 1509 para retener la regencia
vitalicia de Castilla. Llevado por el despecho y la obsesión de dejar un
heredero varón que despojase a la estirpe de Juana, se casó con Germana de Foix
y consumió potajes y brebajes que terminaron por arruinar su salud. La
Providencia quiso que el hijo de ese nuevo matrimonio muriera a las pocas horas
de nacer, obligando al anciano monarca a ver cómo todos sus cálculos políticos
se desmoronaban antes de morir.
El tercero fue su hijo, el emperador Carlos I. Aunque no fue él quien firmó
la orden inicial del encierro, asumió con fría determinación la herencia de la
cautiva. Carlos mantuvo a su madre aislada durante casi cuatro décadas porque
la existencia de la reina legítima ponía en riesgo la estabilidad del Imperio y
la recaudación de los tributos de Castilla. Solo al final de sus días, en su
retiro del Monasterio de Yuste y consumido por la gota y la melancolía, el
hombre más poderoso de la Tierra quizás sintió sobre su conciencia el peso
aplastante de no haber movido un solo dedo para liberar a la mujer que le dio
la vida.
No, esta no es la historia de "Juana la
Loca". Me niego a llamarla así. Esta es la crónica de una usurpación
continuada que se extendió desde 1504 hasta el último aliento de la reina, el
12 de abril de 1555. Para justificar el despojo de un reino que por ley y por
testamento le pertenecía a ella, tres generaciones de hombres necesitaron
inventar y alimentar la mentira de su incapacidad, convirtiendo el luto, la rebeldía
y el sufrimiento de una mujer sensible en el pretexto para su confinamiento.
Pero Juana los sobrevivió a todos. Encerrada
durante casi medio siglo y privada de la luz del sol, demostró una resistencia
inquebrantable. Murió porque la biología tiene sus límites, pero su prolongada
existencia fue la prueba irrefutable de que jamás lograron quebrantar su
voluntad.
Solo tras su muerte en 1555 la corona de Castilla
quedó verdaderamente limpia de la mancha de la usurpación. Cuando en 1556 su
nieto Felipe II asumió el trono tras la
abdicación de Carlos I, la corona se posó al fin sobre una cabeza por
derecho justo, cerrando una de las
mayores injusticias de la historia de España.
Pero la historia guardaba una última y poética
simetría: aquella dinastía de los Austrias que pretendió perpetuarse a costa
del sacrificio de Juana no habría de durar mucho más. Apenas cuatro reyes
—Felipe II, Felipe III, Felipe IV y Carlos II— llevaron sobre sus sienes una
corona que solo duró intacta unos 144 años antes de extinguirse para siempre y
pasar a otra casa real.
Casi un siglo y medio de imperio para pagar los
46 años de un encierro injusto. Juana I de Castilla no reinó sobre los mapas,
pero su sombra sobrevivió al Imperio de sus carceleros, gobernando sobre el
único reducto que ningún rey pudo arrebatarle jamás: su propia e inexpugnable
dignidad.

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