La última de las Camachas


 

La última de las Camachas

 

A la edad de sesenta y cinco años —muchos años para la época y para una vida entera doblada sobre el campo—, fue cuando la anciana decidió romper su silencio.

Jerónima había llegado a los Llanos del Espinar siendo muy joven, huyendo de las sombras y el espanto de un pasado que dejó enterrado al otro lado de la sierra. Al principio solo encontró el recelo espeso de los labriegos hacia la forastera, pero su destreza silenciosa terminó por abrirle camino: ayudaba a las mujeres a dar a luz y su saber sobre las plantas que aliviaban los dolores y cicatrizaban heridas se volvió indispensable. Nadie se atrevió nunca a preguntarle por su origen, porque en su mirada no veían amenaza alguna, sino tan solo la mano experta que traía alivio cuando la enfermedad o el parto se torcían.

Año y medio más tarde de su llegada, se casó con Domingo, un buen hombre que había enviudado recientemente y se encontraba desbordado con dos niñas de dos y cuatro años. Jerónima se había hecho cargo de las crías desde el primer momento a cambio tan solo de la comida y un camastro en el pajar, mientras él trabajaba el campo de sol a sol.

Nunca antes le había contado nada a nadie. Ni tan siquiera a Domingo le reveló jamás su verdadera identidad; estuvo tentada de hacerlo en más de una ocasión, pero el temor a que la repudiara pesaba más que la confianza. Aunque había criado a aquellas dos niñas como si hubieran nacido de sus propias entrañas, no había podido darle a Domingo el hijo varón que él tanto deseaba. Habían tenido dos, pero el primero nació muerto y el segundo apenas resistió dos días con vida. Jerónima sufrió de tal manera en aquel último parto que el cuerpo le quedó marcado para siempre, dejándola sin posibilidad de volver a engendrar. Callar su pasado fue su manera de sostener la vida humilde que había construido sobre el luto y las pérdidas.

Las dos hijas de Domingo crecieron, se casaron y trajeron a su vez nuevas vidas a la cortijada. Domingo hacía un año que había fallecido, y en el silencio de su ausencia y al calor de sus nietas, la memoria de Jerónima encontró por fin su cauce. En las largas y heladas noches de invierno, junto a la chimenea, comenzó a relatarles por primera vez la verdadera historia de las Camachas de Montilla. Hablaba de aquellas mujeres como quien transmite un cuento lejano oído a los arrieros, guardándose con celo infinito de revelar que la más joven de las tres, la que sobrevivió al dolor y al destierro, era la misma abuela que en ese momento se calentaba las manos junto al fuego.

La abuela siempre les contaba la misma historia, y ellas mismas, cuando se hicieron mayores y se arremolinaban junto a la chimenea con sus propias hijas o sus nietas, repetían lo que habían oído de Jerónima. Así se fue transmitiendo la historia de las Camachas de forma oral, de generación en generación, esquivando los papeles del archivo y la tinta de los escribanos.

La historia no terminó con la muerte de Jerónima. Sus palabras, repetidas una y otra vez junto a la chimenea, fueron pasando de unas generaciones a otras, hasta convertirse en una memoria familiar que nadie sabía ya dónde comenzaba ni quién había sido el primero en contarla.

Muchos años después, en 1972, aquella historia llegó hasta mí de una manera que todavía recuerdo. Fue en un cortijo propiedad del abuelo de un primo mío. Allí, al calor de la lumbre y en una de aquellas noches en las que el frío parecía quedarse pegado a las paredes, escuché por primera vez el relato de las Camachas de Montilla, tal como había llegado hasta aquella familia a través de la tradición oral.

Quien nos lo contó fue la abuela de mi primo. No sé cuánto había de historia y cuánto de memoria transmitida, pero recuerdo que la narró con una convicción y una riqueza de detalles que nos mantuvieron pendientes de cada palabra.

Y así fue como yo la escuché. Ahora, tantos años después, quiero contarla de nuevo, respetando aquella voz que me la hizo llegar y que todavía parece resonar en mi memoria:

—Acercaos a la lumbre —decía la abuela Jerónima con esa voz gastada que parecía traer el soplido del aire de la sierra—. Dejad que afuera se hiele la noche y escuchad bien lo que os digo, que esto no está escrito en ningún libro ni lo saben los curas.

Nos sentábamos en el suelo, muy juntas, arrimadas a sus enaguas de paño basto. Olía a humo de encina y a la mejorana que siempre llevaba secándose en los bolsillos. En aquel entonces no entendíamos por qué la abuela miraba a las llamas como si viera dentro de ellas caras y plazas lejanas, ni por qué se detenía a veces a frotarse las manos, de piel endurecida y dedos torcidos de tanto bregar con la tierra.

—En Montilla —empezaba, y la palabra le salía del pecho como un peso antiguo— vivían tres mujeres. La gente del pueblo las llamaba las Camachas. Decían de ellas que eran brujas, que hacían llover cuando les daba la gana y que convertían a los hombres en bestias si las miraban mal. Eso decían los labriegos en las tabernas y los hidalgos cuando pasaban a caballo sin atreverse a mirarlas a los ojos.

Nosotras la escuchábamos sin parpadear.

—Pero no eran brujas —continuaba en un susurro, bajando la cabeza como si el viento de afuera pudiera llevarse sus palabras—. Elvira, que era la mayor, solo sabía qué raíz había que cocer cuando la sangre se le envenenaba a una parida, y qué palabra decir al oído para aplacar la desesperanza. E Isabel, su hermana, conocía el secreto de los aceites para cerrar las heridas que la azada le abría a los hombres en la pierna. Y la más joven, a la que llamaban la Montillana, tenía también sus conocimientos: sabía reconocer las hierbas que aliviaban los dolores, atender a las mujeres en sus partos y devolver algo de esperanza cuando la enfermedad se llevaba las fuerzas de una familia.

No hacían daño a nadie. Lo que pasa es que eran mujeres solas, que no le debían nada a ningún dueño, y en este mundo a la mujer que sabe curar sin pedir permiso la llaman hechicera porque les da miedo su libertad.

Se hacía un silencio largo en la cortijada, solo roto por el crepitar de las piñas.

—Un día llegó la Inquisición desde Córdoba —proseguía la abuela, y la voz le temblaba apenas un hilo—. Vinieron con sus papeles, sus cruces de madera y sus alguaciles. Y aquellos mismos hombres que habían ido de noche a pedirles remedios para sus males, los mismos vecinos a los que les habían salvado los hijos, señalaron con el dedo. Veintidós personas declararon contra ellas. Veintidós cobardes que prefirieron acusar a las mujeres antes de confesarse a sí mismos sus propios miedos y sus miserias.

Nosotras nos apretábamos más a ella, sintiendo el escalofrío de la historia.

—Las llevaron a la plaza de la Corredera, en Córdoba. Les pusieron el sambenito de los reos, las azotaron por las calles hasta hacerles brotar la sangre y las echaron de su tierra para siempre. A la más joven de las tres, a la que llamaban la Montillana, la vieron partir hacia la sierra con la espalda hecha pedazos y el alma rota, sin saber a dónde ir ni si encontraría un rincón en el mundo donde enterrar la pena.

Se hizo un silencio largo en la cortijada, de esos en los que solo se escucha el chasquido de las brasas. Fue entonces cuando una de nosotras, mirándola a los ojos reflejados en el fuego, le preguntó en un susurro:

—Abuela... ¿y tú conociste a la Montillana?

La abuela Jerónima se quedó inmóvil durante unos instantes, frotándose las manos endurecidas por los años. Luego, con una mirada honda que parecía atravesar las paredes de piedra del cortijo, añadió:

—Si alguna vez contáis esta historia, que fue cierta, contadla así. Sabed que es la verdad.

Y sin decir más, nos arropó la manta sobre los hombros, echó un tronco seco a la chimenea y concluyó:

—Hace mucho frío ya. Daos prisa en dormir, que mañana la tierra madruga.

La abuela de mi primo terminó su relato y durante unos instantes nadie dijo una palabra. La última frase quedó suspendida en el aire de aquella habitación. Nos invadió un escalofrío. No era una simple leyenda contada para entretenernos junto al fuego. La forma en que aquella mujer había recreado los gestos, las voces y los silencios de quienes, muchas generaciones atrás, habían escuchado a Jerónima hizo que, por un instante, el tiempo pareciera haberse detenido.

Aquellas niñas de la sierra, que habían permanecido junto a su abuela escuchando la historia de las Camachas, parecían estar allí con nosotros. Podíamos imaginar sus manos pequeñas aferradas a las enaguas de Jerónima, el calor de la chimenea y el mismo miedo que nosotros acabábamos de sentir.

Quizá nunca lleguemos a saber cuánto había de historia y cuánto de leyenda en aquella narración. Pero hay algo que aquella noche de 1967 quedó grabado en mi memoria: la certeza de que algunas historias sobreviven al paso del tiempo porque alguien se niega a dejarlas morir.

Y aquella noche, sin saberlo, nosotros nos convertimos también en parte de su historia.

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