El aire que respiramos

 

El aire que respiramos

La mañana amaneció con un calor sofocante. Me levanté con un terrible dolor de cabeza, pensando que sería por haber dormido con el aire acondicionado puesto; la ola de calor que padecíamos desde hacía ya varios días parecía no remitir. Sin embargo, cuando nos sentamos a desayunar, mi mujer, mi hijo y mi nuera comentaron que también arrastraban una jaqueca espantosa.

A media mañana decidimos acudir a urgencias. El ambulatorio estaba colapsado: todo el pueblo parecía haberse citado allí, y lo verdaderamente extraño era que todos compartían el mismo mal. Un dolor intenso, opresivo y constante que nacía detrás de los ojos. La exposición al sol, incluso con gafas oscuras, agudizaba el sufrimiento, y ya en el interior del centro, la luz de los fluorescentes resultaba insoportable si osabas quitártelas.

El facultativo no daba crédito a lo que estaba sucediendo; era incapaz de hallar una explicación razonable para el caos que postraba a la población. Él mismo se había levantado con ese extraño dolor que todos le describían. Se había tomado dos comprimidos de paracetamol, pero la presión no remitía. De pronto, el timbre del teléfono de sobremesa lo sobresaltó. Se llevó las manos a la cabeza, masajeándose las sienes para intentar soportar no solo la tensión, sino los primeros mareos que empezaban a nublarle la vista.

A las doce de la mañana, abrumado por la multitud que aguardaba en la consulta y por el aviso de que seguían llegando pacientes con idénticos síntomas, sintió un goteo frío en el orificio izquierdo de la nariz. Echó mano de un pañuelo de bolsillo para limpiarse. Al retirarlo, descubrió que estaba empapado en sangre. No tuvo tiempo ni de llamar al siguiente enfermo: se desplomó sobre la mesa y su corazón dejó de latir en cuestión de segundos.

El paciente que esperaba a la puerta, no aguantando más, golpeó levemente la madera con los nudillos.

—¿Se puede? —preguntó, y sin más, empujó la puerta y entró.

Su grito de pavor alarmó no solo a los enfermos, sino a todo el personal sanitario, que acudió en masa a la consulta. La imagen era dantesca: el doctor yacía echado sobre la mesa, rodeado de un charco de sangre que aún manaba débilmente de su nariz. Parecía haberse desangrado por completo en un instante, algo que para Paquita, la enfermera, carecía de toda lógica médica.

La gente empezó a dispersarse despavorida. Un colega del médico solo pudo certificar la muerte, mientras los dos policías locales comenzaban a tomar nota de lo sucedido. Interrogaban a unos y a otros mientras esperaban la llegada del juez de guardia, pero pronto empezaron a dilucidar que aquello escapaba a toda normalidad. El pánico era racional: ellos mismos, bajo los uniformes, comenzaban a sentir ya ese dolor de cabeza opresivo y brutal.

El jefe médico acudió inmediatamente en cuanto fue informado, intentando procesar la locura que le contaban. Él mismo sentía como si la cabeza le fuese a estallar. Dedujo que debía ponerse en contacto urgente con las autoridades sanitarias de la provincia; necesitaba saber si aquello estaba ocurriendo en otros puntos o si se trataba de un fenómeno aislado en su pueblo. Realizó la primera llamada al director del hospital de la capital. El teléfono estuvo sonando en el vacío, insistente, hasta que la línea se cortó por falta de respuesta.

Unos minutos más tarde —que a él le parecieron horas—, el teléfono rompió el silencio. Recibió una llamada del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias.

—Dígame, soy el director del Centro de Salud de... ¿con quién hablo?

—Le habla el director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias —respondió una voz tensa al otro lado de la línea—. Prepárese para lo peor. Ordene inmediatamente que nadie tome ningún medicamento para paliar el dolor de cabeza. Parece ser que actúan como acelerantes y provocan una muerte fulminante. De momento no sabemos a qué nos enfrentamos, pero... sin duda, lo que sea que hayan preparado para llevarnos a este estado causará miles de millones de muertes. Ordene que todo el mundo se ponga mascarillas; creemos que la causa está en el ambiente. La ola de calor que padecemos desde hace más de tres días es algo mucho más siniestro... y, a todas luces, intencionado.

El jefe médico aún tardó unos segundos en colgar el auricular después de que su interlocutor diera por finalizada la conversación. La información recibida era devastadora. Tendría que calibrar con precisión quirúrgica cómo transmitir las órdenes a la población: prohibir el uso de cualquier analgésico, exigir el uso inmediato de mascarillas y, a ser posible, ordenar el confinamiento en las casas. Había que evitar a toda costa que la gente permaneciera expuesta en la calle a... aquello.

Uno de los policías sintió de pronto un goteo frío en la nariz. No tuvo tiempo ni de sacar el pañuelo del bolsillo del pantalón: cayó desplomado al suelo, como si le hubiera caído un yunque encima, mientras un enorme charco de sangre comenzaba a expandirse junto a su cuerpo.

La escena desató un pánico salvaje. Mientras unos intentaban huir hacia la salida, otros caían fulminados en el sitio. En poco más de dos minutos, los más de sesenta usuarios que abarrotaban el centro médico se convirtieron en cadáveres. Fuera del edificio, la calle presentaba un aspecto dantesco: cuerpos tendidos en las aceras, sobre la calzada o atrapados en el interior de los coches, algunos de los cuales permanecían con el motor en marcha al no haberles dado tiempo a quitar el contacto.

A doce mil kilómetros de aquel pueblo, en un laboratorio oculto a las afueras de una gran metrópolis, veinte personas se habían reunido en una sala de juntas. Se habían erigido en los nuevos dueños del mundo.

Entre los asistentes, un general de uniforme impecable acababa de dar la orden definitiva para que diez aviones despegaran con la misión de sobrevolar las principales capitales y dejar su rastro de muerte en la atmósfera. Sin embargo, la prepotencia duró poco. Minutos más tarde, el general recibió una llamada de emergencia: los aviones habían sido saboteados en los hangares y jamás despegarían. Peor aún, un comando desconocido había dinamitado los depósitos principales del compuesto químico, liberando el gas letal sin control y extendiéndolo por la propia zona del búnker, consumando el despropósito al que habían arrastrado a la humanidad.

El rostro del militar se desencajó.

—¡Maldita sea! —bramó el general, sintiendo cómo una punzada opresiva comenzaba a nacerle detrás de los ojos—. ¡Trae el antídoto! —le ordenó a su subordinado.

En el laboratorio anexo, los científicos —el doctor Chang, de origen chino, y su colega norteamericano, el doctor Miller— contemplaban el desastre. Sabían perfectamente que para ellos aquello también significaba la muerte, pero estaban convencidos de que el fin era preferible a sobrevivir en el infierno que se acababa de desatar en la Tierra. Con manos firmes, habían destruido una a una las cien jeringuillas que contenían el antídoto, las mismas que les habían ordenado preparar en secreto para los asistentes de la sala de juntas y sus familias. Estaban dispuestos a pagar con su propia vida con tal de no salvar a aquellos desalmados.

—Les advertí que no lo hicieran, Miller —dijo Chang en un susurro, mientras sentía el primer hilo de sudor frío en la frente—. Les dije que era una auténtica locura, pero se creen dioses sometiendo a los demás. Y ahora pretenden salvarse ellos y los suyos...

Miller asintió con la mirada fija en el suelo cubierto de cristal líquido y viales rotos. El tiempo se les agotaba.

El subordinado regresó a la sala de juntas con las manos vacías y el rostro pálido, desprovisto de todo rastro de sumisión. Miró fijamente al militar.

—Mi general... no hay antídotos. Los han destruido.

Un murmullo de terror recorrió la mesa de los veinte elegidos. El subordinado continuó, con una frialdad que helaba la sangre:

—Chang y Miller han muerto; han preferido no salvarse. Ellos no previeron el abismo al que ustedes nos han arrastrado, y ahora que han visto el horror, han decidido que no iban a dejar que se saliesen con la suya.

Al mismo tiempo que acababa la frase, el subordinado sintió un líquido frío que le brotaba del orificio de la nariz. No llegó a ver la reacción del militar: sus ojos se pusieron en blanco y su cuerpo impactó con fuerza contra la pulida madera de la mesa de juntas, derribando los planos y documentos del proyecto.

En la sala, el pánico ya era un grito unánime. Los veinte elegidos comenzaron a llevarse las manos a las sienes, arrastrando las sillas, rompiendo los vasos de agua, mientras el hilo rojo de la muerte empezaba a manar, idéntico e implacable, de las narices de los que se creían dueños del mundo.

Mientras tanto, a doce mil kilómetros de allí, la vida se abría paso en mitad del caos. En el interior de un coche que avanzaba esquivando los vehículos detenidos en dirección al centro de salud del pueblo, el conductor obligaba a su esposa, a su nuera y a su hijo a que se inyectaran de inmediato el contenido de unas jeringuillas que acababa de repartirles, al mismo tiempo que él se clavaba la suya en el brazo.

Justo antes de salir de casa, acosados por la jaqueca, una llamada desesperada de su hermano —el doctor Miller, desde el laboratorio extranjero— le había advertido del complot mundial. Le había comunicado que el sobre urgente que acababa de recibir por mensajería contenía la salvación para el terrible tormento que debían de estar sufriendo.

No era solo una vacuna para ellos. Miller se lo había dejado claro antes de colgar para siempre: una vez que el suero fluyera por sus sistemas, ellos cuatro se convertirían en la matriz de la cura. Bastaría una pequeña gota de su sangre para sintetizar el antídoto que salvaría al resto de la humanidad que aún lograse sobrevivir.

El conductor pisó el acelerador, con la vista fija en el horizonte sofocante, sintiendo cómo el dolor de cabeza empezaba, por fin, a remitir.

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