El día que España se miró al espejo

 


El día que España se miró al espejo

Crónica de una nación que cambió el régimen sin cambiar sus heridas

 

Sucedió en el año 2027. España no cambió de régimen porque hubiera encontrado una respuesta, sino porque había agotado todas las preguntas.

La situación de España se había vuelto, una vez más en su historia, ruidosamente ingobernable. La estrategia del desgaste y la crispación permanente dio sus frutos: tras una campaña implacable de ataques que ya no solo iban dirigidos contra la Corona como institución, sino contra la propia persona del monarca y el porvenir de la heredera, Doña Leonor, Felipe VI tomó la misma determinación que su bisabuelo Alfonso XIII en 1931. Para evitar males mayores a una nación envenenada de eslóganes, el Rey decidió hacer las maletas y abandonar el país.

Al día siguiente, entre el estruendo de los aplausos de balcón y los platós de televisión en trance, se proclamó la Tercera República.

La euforia de los nuevos padres de la patria duró exactamente lo que tardó en empezar la primera reunión sectorial por la mañana. Y la primera gran discusión, como no podía ser de otra manera en España, no fue por las pensiones, ni por la vivienda, ni por la sanidad: fue por la bandera.

Los partidarios de la pureza ideológica llegaron con los rollos de tela de la Segunda República bajo el brazo, exigiendo el morado inmediato. Sin embargo, los socios territoriales saltaron al cuello: argumentaban que ya no había por qué contentar a Castilla con el color de los comuneros, que la España plurinacional exigía otra mirada. Tras horas de tiras y aflojas, debates heráldicos de soga y cuchillo, y con el único objetivo real de "mantener a raya a los fachas" —que era como llamaban a cualquiera que no aplaudiese su guión—, los republicanos más pragmáticos impusieron la cordura del miedo: mantendrían los colores actuales, el rojo y el gualda, para no asustar más de la cuenta al personal y evitar que el ejército o la mitad del país se rebotaran antes de tiempo. Se cambió el escudo, se quitó la corona y a seguir marchando.

Cumplidos los plazos legales y redactada la nueva Constitución del Estado republicano, llegó el momento obligatorio de convocar las primeras elecciones presidenciales. La izquierda y sus satélites salieron a la campaña convencidos de que inauguraban una era de hegemonía progresista. Pero olvidaron la ley de la gravedad de la España real: esa masa silenciosa que estaba harta del ruido, que veía cómo el café seguía subiendo en los pueblos y que no podía pagar un piso en Málaga, acudió en masa a las urnas buscando orden y gestión.

El recuento de votos cayó como una losa de hormigón en la sede del nuevo Gobierno: el primer Presidente de la Tercera República Española iba a ser Alberto Núñez Feijóo.

La noche electoral mutó en un vodevil de proporciones históricas. En los cuarteles generales de la izquierda se mascaba la tragedia y el cortocircuito mental. Los tertulianos y los ideólogos que habían empujado al Rey al exilio se miraban unos a otros, desencajados, balbuciendo la gran verdad que recorría los corrillos: «¿Pero bueno... es que para este viaje no hacían falta alforjas? ¡Hemos echado a los Borbones para terminar poniendo en la Jefatura del Estado a un señor de Orense con mayoría absoluta!».

Mientras tanto, en el ala más radical de la plaza, ya empezaba a organizarse la resistencia. Incapaces de aceptar las reglas del juego democrático que ellos mismos habían diseñado, salían a la calle bajo el lema de que aquella República "había sido secuestrada por el fascismo" y que no iban a aceptar a un presidente de derechas "¡por encima de sus cadáveres!". La llama de la crispación volvía a encenderse, demostrando que en la España del revés, los mismos que inauguraron la República el martes por la mañana estaban listos para derribarla el domingo por la noche.

Al día siguiente de las elecciones, el plató del principal canal de televisión parecía el escenario de un velatorio. En la tertulia habitual, a un lado y a otro de la mesa, los rostros de los analistas reflejaban una resaca moral que iba mucho más allá de la derrota electoral.

Los tertulianos que meses atrás se habían llevado las manos a la cabeza, criticando la cacería política que obligó al Rey y a su familia a salir "por patas" del país solo para salvar el pellejo, miraron fijamente a sus oponentes y lanzaron la pregunta del millón:

—Y ahora, ¿qué? ¿Cuál es el siguiente eslogan?

Al otro lado de la mesa, aquellos "valientes" que antes alzaban la voz con soberbia, dictando sentencias morales y viendo fachas en cada esquina, guardaban un silencio espeso. Sus ojos, fijos en los gráficos de la pantalla que daban la victoria a Feijóo, reflejaban por primera vez un miedo auténtico. Pero no era el miedo político a que el pueblo hubiera elegido soberanamente a la derecha; era un pánico mucho más antiguo, un escalofrío atávico. Empezaban a vislumbrar el verdadero y terrible significado del vocablo "facha": la intolerancia pura, el odio al que discrepa, el rencor embotellado listo para estallar.

Por primera vez, aquellos profesionales del relato comprendieron que la ingeniería social de laboratorio no sirve para nada cuando se aplica sobre el carácter español. Comprendieron que los españoles, cuando se nos espolea desde el poder, somos los peores enemigos de nosotros mismos.

No era una cuestión de siglas, sino de antropología patria. El motor secreto que había movido la caída de la Corona y el caos posterior no era el anhelo de justicia ni el ideal republicano; era la envidia cainita, ese mal endémico que nos mata desde hace siglos. El eterno drama español del "si yo no soy o no tengo, tú tampoco". El rencor del que es incapaz de prosperar por sí mismo y prefiere ver el taller del vecino arruinado antes que el suyo propio florecer.

Aquellos tertulianos, mudos ante los micrófonos, se dieron cuenta de que habían despertado al monstruo de la autofagia española. Habían quitado las costuras que unían el país pensando que el resultado sería un paraíso de diseño, y lo que se encontraron al abrir la caja de Pandora fue el viejo y oscuro pozo del resentimiento nacional, ese donde el éxito del hermano se vive como una ofensa personal.

Mientras en los platós de televisión se imponía el silencio de los asustados, en la calle el ambiente se cortaba con un cuchillo. La frustración y el resentimiento cambiaron de bando en veinticuatro horas, envenenándolo todo.

Por un lado estaban los que meses atrás habían salido a las plazas a celebrar la caída de la monarquía. Aquellos que ondeaban con orgullo la bandera tricolor hoy se sentían profundamente ninguneados, estafados por su propia revolución. No solo les habían arrebatado su bandera en los despachos para mantener los colores de siempre, sino que ahora, para colmo, un "facha" —según su inflexible vocabulario— se iba a sentar en el sillón de la Jefatura del Estado. Cuatro años de mandato que se les iban a atragantar en la garganta como un hueso imposible de tragar. La calle, para ellos, ya no era el escenario de la libertad, sino el tablero de una traición.

Por el otro lado de la acera caminaban los que durante años habían tenido que agachar la cabeza, soportando en silencio que los tacharan de fachas, ultras, franquistas y mil apelativos más solo por pedir sensatez, por preocuparse por el cierre de los talleres o por el precio de la vida. Entre ellos se encontraban los moderados, esa mayoría silenciosa que aún quería creer en la cordura colectiva, en que las aguas volverían a su cauce y que la República, al menos, traería estabilidad.

Pero el veneno ya había entrado demasiado profundo. Junto a los moderados también marchaban los heridos, los que acumulaban el rencor de haber sido vilipendiados, insultados y cancelados en las redes y en las calles por el pensamiento único. Y estos últimos no buscaban estabilidad; buscaban venganza. Querían cobrarse cada desprecio, cada humillación sufrida en los años de atrás, y hacer morder el polvo a quienes antes se creían los dueños de la moral pública.

Y así, frente a frente, unos y otros, vaciados de argumentos, sordos a la razón y ciegos de soberbia, solo buscan destruirse. Ya nadie piensa en el futuro del país, ni en los jóvenes sin vivienda, ni en la cultura que se desmorona en las aulas. El gran proyecto nacional se ha reducido a la miseria más antigua de nuestra historia: el enfrentamiento por el enfrentamiento. Una mitad de España esperando el error de la otra mitad para saltarle al cuello, demostrando que en este rincón del mundo, cuando la mecha de la crispación prende, nadie busca la justicia... solo buscan el ajuste de cuentas.

Cuando todo parecía abocado al choque inevitable, cuando los profesionales del odio ya salivaban esperando el enfrentamiento en las calles, ocurrió algo imprevisto. El sentido común, ese que lleva siglos enterrado bajo capas de ideología, empezó a brotar en el rincón más inesperado: la conciencia de la gente corriente.

Muchos de los que habían salido a la plaza a celebrar la llegada de la Tercera República, creyendo ingenuamente que el nuevo sistema era una varita mágica que solucionaría todos sus males por arte de birlibirloque, empezaron a caerse del guindo. Miraron sus cuentas bancarias, miraron el precio del café en la barra del bar, miraron el futuro de sus hijos y comprendieron la gran verdad: ningún decreto, ningún cambio de régimen y ningún discurso encendido desde un atril te garantiza una vida digna. Eso solo se consigue con el esfuerzo personal, con el madrugón diario, con el trabajo constante y con la dignidad de cumplir con el deber de cada uno, según las circunstancias personales y profesionales que a cada cual le haya tocado en suerte vivir. La República no regalaba el pan; el pan había que seguir ganándoselo.

Al mismo tiempo, la realidad material obró el milagro de la madurez. Quienes entendían el nuevo Estado como un cortijo exclusivo de su bando abrieron los ojos y vieron que en la acera de enfrente, bajo la misma bandera roja y gualda sin corona, había vecinos que pensaban diferente pero que compartían los mismos problemas. Comprendieron que la República pertenecía tanto a los unos como a los otros, y que el país solo se levantaría si todos, sin excepción, arrimaban el hombro en la misma dirección.

Para que ese cambio fuera posible, el primer paso era el más difícil pero el más urgente: dejar de escuchar. Cerrar las redes sociales, apagar los platós de televisión y dar la espalda a esos líderes de opinión y políticos profesionales que no buscaban ciudadanos libres, sino adeptos ciegos; borregos dóciles que les siguieran en su estrategia de tierra quemada sin preguntarse jamás el porqué de las cosas.

En los talleres de cuatro empleados, en las consultas de los hospitales y en las mesas de los cafés donde la gente de verdad se gana la vida, empezó a tejerse un pacto silencioso de inmunidad contra la crispación. La sociedad pastueña decidió, por fin, empezar a hacerse preguntas. Y en esa primera pregunta compartida entre rivales políticos, España empezó, de verdad, a salvarse a sí misma.

Epílogo

Al final, cuando la tinta se asienta sobre el papel, uno recuerda que todo esto no es más que un relato, una ficción nacida entre las cuatro paredes de un despacho. A fin de cuentas, yo solo soy eso: el Escribidor de Sueños.

Pero este sueño de hoy, aunque haya osado dejar caer una monarquía en el tablero de la imaginación, no sería un mal sueño si de verdad acabase así. Si sirviera para que la sociedad saliera del ruido permanente, apagara el ruido de los platós y redescubriera el valor del esfuerzo y del respeto mutuo, firmaría ahora mismo este desenlace. Sería el sueño de una España madura que prefiere el taller y el libro a la trinchera ideológica.

Para que, al menos en mis historias, la cordura de la gente corriente tenga siempre una oportunidad frente al ruido de quienes viven de dividirnos. Si el sueño acaba de otra forma, no hace falta que yo gaste una sola gota de tinta en describirlo. Cualquiera que tenga ojos para mirar el pasado puede imaginarse el final de la película, ese que se escribe con letras de sangre, rencor y barro.

Por eso prefiero seguir encendiendo la luz en la noche del folio en blanco. Para que, al menos en mis historias, gane la cordura de la gente normal frente a los profesionales del eslogan.

FIN

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