Memoria en al Retina
Memoria en la retina
Este texto no pretende convencer a nadie, sino
hacer ver una realidad incómoda: si la historia se cuenta de forma sesgada,
deja de ser memoria para convertirse en una herramienta de conveniencia. Cuando
el relato se recorta, la verdad se deforma.
Aquel anciano, cuyo nombre no recuerdo, me llamó
la atención con una mezcla de urgencia y dolor, sabiendo que yo andaba siempre
enredado entre papeles y lecturas. Me miró fijamente y, sin rodeos, me soltó su
queja: creía firmemente que la Ley de Memoria Democrática se olvidaba
deliberadamente del origen de todo. Decía que si no se quería escarbar en la
raíz de la tragedia, si se ignoraba cómo empezó a pudrirse la convivencia, era
porque el relato oficial estaba diseñado al único interés de una de las partes.
«Quieren contar el final sin explicar el
principio», me dijo, como si en su retina aún ardieran las imágenes sagradas.
En ese entonces, él era solo un crío de diez años, escondido tras la puerta de
la casa de su mejor amigo. Desde aquel mayo de 1931, los recuerdos se le
agolpaban en la mente.
Recordaba cómo sacaban las imágenes de los
templos y las llevaban a la plaza de su pequeño pueblo, Alfarnatejo; allí las
amontonaron para levantar una pira que, en cuestión de segundos, comenzó a
arder. Después arderían las iglesias. «Y lo peor es que vi a la fuerza pública
mirar hacia otro lado», insistió. Entonces era un crío; años más tarde
comprendería el verdadero peso de aquella frase: «Todos los conventos de
Madrid no valen la vida de un republicano».
Después vino lo de Casas Viejas, en Cádiz, en
enero de 1933. Aquello no fue solo un enfrentamiento entre anarquistas y
fuerzas del orden; fue el choque brutal entre promesas amplias y realidades
limitadas. La República se enfrentó al dilema de mantener la autoridad sin
perder la legitimidad ante quienes esperaban cambios inmediatos. «Allí nadie
quería morir por teorías —añadió el viejo, golpeando la mesa—. Querían trabajo.
Lo demás vino después».
Al año siguiente, en octubre de 1934, la herida
se abrió en Oviedo. «No era solo una huelga —me aseguró con la mirada perdida—.
Creían que si no actuaban ahora, perderían todo lo conseguido. Pensaban que el
Gobierno giraba hacia posiciones que los dejarían fuera». Los comerciantes
cerraron las tiendas y nadie sabía quién mandaba. Un día eran los comités
revolucionarios; al siguiente, el ejército avanzando. La respuesta del Gobierno
fue enviar unidades militares para restablecer el control. Asturias fue algo
más que una huelga y algo menos que una guerra civil; demostró que una parte
del país estaba dispuesta a tomar las armas por temor a perder influencia
política, mientras el Estado optaba por una respuesta militar contundente para
reafirmar su autoridad. Las heridas no se cerrarían con rapidez.
Madrid, marzo de 1936. En la Puerta del Sol se
respiraba la fractura. Las elecciones de febrero habían dado la victoria al
Frente Popular; un cambio de mayoría parlamentaria que generó celebraciones en
unos barrios y honda preocupación en otros. En las semanas siguientes, el
ambiente político se volvió más áspero: huelgas, agresiones entre militantes y
una creciente circulación de armas. Entre marzo y julio se sucedieron los
choques violentos, los atentados y los incendios de sedes políticas. En el
Ministerio de la Gobernación insistían en que el Estado mantenía el control,
pero la percepción en la calle era muy distinta. No es que el Estado hubiera
desaparecido; es que cada parte sospechaba que ya no era neutral.
Julio de 1936. El asesinato del teniente Castillo
y, días después, el del diputado José Calvo Sotelo provocó una conmoción
inmediata. En el Congreso, el silencio era denso. La República era el caos.
Murió por exceso de soberbia y por la incapacidad de aceptar al contrario. Al
cambiar la bandera por capricho, nos dividieron; al cambiar la ley por
sectarismo, nos enfrentaron; al usar el ejército contra el hambre, nos
ensangrentaron. La República era un cadáver que caminaba.
Luego, el cielo se rompió en pedazos. Guernica,
en abril de 1937, se convirtió en un icono universal contra la guerra y la
opresión. Cabra, en noviembre de 1938, fue el bombardeo olvidado. El mismo
horror que en el norte, pero con otra bandera; eso sí, sin los altavoces
mediáticos que el lienzo de Picasso supuso para Guernica.
Tras esta charla, acudí a
los libros. Comprobé que todo lo que aquel hombre me había contado era verdad,
rigurosamente histórico. Y comprendí entonces, con una dolorosa lucidez, que la
ignorancia sobre nuestro propio pasado nos vuelve profundamente vulnerables,
dejándonos a merced de ser manipulados por quienes reescriben la historia a su
conveniencia.

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