El Rigor del Disparate
El rigor del disparate
Federico nunca quiso estudiar Historia. Lo hizo por
complacer a su padre, reputado historiador del Instituto de Prospectiva
Crítica. Cuando este le sugirió que además presentara una tesis doctoral,
Federico encontró por fin la oportunidad de vengarse.
Su plan era perfecto. Redactaría un trabajo tan
ridículamente exagerado, tan grotescamente inverosímil y tan descaradamente
satírico que el tribunal no tendría más remedio que suspenderlo por falta
absoluta de rigor académico. Después podría abandonar para siempre el mundo
universitario y, de paso, demostrar a su padre que la Historia era una
disciplina inútil.
Lo que Federico ignoraba era que los archivos de
principios del siglo XXI contenían una propiedad muy particular: cuanto más
fielmente se describían, más parecían una obra de ficción.
El día de la defensa, subió al estrado con una sonrisa
de condenado voluntario. Frente a él flotaban los hologramas de los tres
miembros del tribunal. Activó el proyector. Sobre la pantalla apareció el
título: La Era del Delirio: Crónica de cuando España sustituyó el Boletín
Oficial del Estado por un libreto de variedades (2023-2026).
Su padre, sentado entre el público, cerró los ojos.
—Señores del tribunal —comenzó Federico—, para
comprender la política española de principios de siglo debemos aceptar un hecho
científicamente extraordinario: la resurrección parcial de los muertos.
Una de las catedráticas levantó una ceja. Federico
continuó.
—Los documentos demuestran que un dictador llamado
Francisco Franco, fallecido oficialmente en 1975, seguía desempeñando funciones
esenciales para el Gobierno medio siglo después de su muerte. Ninguna
incidencia nacional escapaba a su influencia. Desde problemas ferroviarios
hasta conflictos parlamentarios, todo acababa relacionado con él. Los registros
mediáticos sugieren incluso que trabajó más horas en el siglo XXI que durante
su mandato efectivo en el XX.
Esperó alguna mueca de desaprobación. No llegó. El
presidente del tribunal tomó una nota. Federico decidió acelerar.
—Paralelamente, el ecosistema social español
experimentó una mutación sin precedentes. Los llamados "fachas"
comenzaron a reproducirse a una velocidad alarmante. Al principio constituían
un grupo reducido. Sin embargo, la definición fue ampliándose progresivamente.
Pasó a la siguiente diapositiva.
—En 2026 bastaba con solicitar que un tren llegase a
su hora prevista para adquirir la condición. También era suficiente considerar
elevado el precio del aceite de oliva, cuestionar alguna decisión gubernamental
o respirar con excesiva intensidad en dirección incorrecta.
El holograma promedió una gráfica ascendente.
—Según mis cálculos, para finales de aquel año
aproximadamente el noventa por ciento de la población española había sido
catalogada como fascista en algún momento. Entre ellos figuraban jueces,
periodistas, antiguos miembros del propio partido gobernante y, probablemente,
varios animales domésticos.
La vocal segunda ocultó una sonrisa. Federico empezó a
sentirse incómodo. Aquello debía estar saliendo peor de lo esperado.
—Pero donde la imaginación institucional alcanzó
auténticas cotas de ciencia ficción fue en el ámbito jurídico.
Cambió de diapositiva.
—Los archivos describen un modelo administrativo
revolucionario en el que el Fiscal General del Estado, encargado de velar por
el cumplimiento de la ley, ejercía su cargo mientras acumulaba una condena
penal por revelación de secretos.
Se hizo un breve silencio.
—Dicho de forma más sencilla: el vigilante de la caja
fuerte fue sorprendido con las llaves dentro del bolsillo y, aun así,
permaneció al frente de la vigilancia.
Un miembro del tribunal asintió lentamente, como quien
aprecia una elegante paradoja.
—No menos innovadora fue la gestión presupuestaria.
Los gobiernos de la época descubrieron que redactar nuevos presupuestos era
opcional. Durante años administraron el país utilizando cuentas heredadas,
estirándolas como un chicle administrativo de longitud potencialmente infinita.
El presidente del tribunal dejó de tomar notas. Ahora
escuchaba con genuina fascinación. Federico comenzó a sudar. Aquello no estaba
funcionando. Necesitaba algo definitivo. Algo imposible de creer. Activó la
última diapositiva.
—Y llegamos al episodio que durante décadas los
historiadores consideraron demasiado absurdo para ser auténtico.
El público se inclinó hacia delante.
—Un expresidente del Gobierno, el señor Rodríguez
Zapatero, desarrollaba una intensa actividad internacional pronunciando
discursos sobre paz, igualdad y cooperación. Sin embargo, durante una investigación
judicial, los agentes se vieron obligados a abrir una caja fuerte oculta en su
despacho.
Hizo una pausa teatral.
—La lógica histórica nos llevaría a pensar que
contenía documentos diplomáticos.
Otra pausa.
—Quizá manuscritos.
Una tercera.
—O incluso borradores de conferencias.
Miró al tribunal.
—Contenía diamantes, rubíes y zafiros valorados en más
de un millón de euros.
Silencio.
—Según las explicaciones de la época, eran recuerdos
de viaje.
La vocal tercera soltó una carcajada involuntaria. Federico
cerró los ojos. Por fin. Ya estaba. Ahora sí. Aquello era demasiado. Apagó el
proyector. Cruzó los brazos. Esperó el suspenso que le devolvería la libertad.
Los tres miembros del tribunal intercambaron miradas.
El presidente se quitó las gafas.
—Aspirante Federico...
El joven tragó saliva.
—Estamos profundamente impresionados.
Federico parpadeó.
—¿Perdón?
—Durante décadas, la historiografía tradicional
intentó explicar aquel período mediante conceptos complejos, teorías
estructurales y análisis académicos interminables —los otros dos catedráticos
asentían—. Sin embargo, usted ha comprendido algo esencial —el presidente
sonrió—. La única manera honesta de describir España en 2026 era precisamente
esta.
Federico permaneció inmóvil.
—Ha eliminado la pátina burocrática. Ha retirado los
eufemismos. Ha capturado el espíritu de una época en la que los hechos parecían
escritos por un novelista con problemas de autocontrol.
La vocal segunda intervino:
—Es una obra brillante.
La tercera añadió:
—Y rigurosamente documentada.
El presidente se puso en pie.
—Por unanimidad, este tribunal le concede la
calificación de Excelente Cum Laude.
Los aplausos inundaron la sala. En la tercera fila, su
padre sonreía con un orgullo insoportable.
Federico comprendió entonces el error fundamental de
su plan. Había intentado escribir una parodia de la España de 2026 utilizando
exclusivamente hechos reales. Y la realidad, como tantas veces ocurre, se negó
obstinadamente a ser superada por la ficción.

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